El sueño terminó y la derrota pega aunque quede alto el orgullo de haber dejado todo hasta el final. Pero pega más en los chicos que lloran en cada familia, ilusionados demasiados días con que no había otro destino final que la victoria.

El fútbol es, antes que nada, una cordillera de empatía colectiva.

Esa transmisión de sentimiento que casi siempre magnifica la victoria y dramatiza la derrota termina aflorando, de una u otra forma, como un volcán en erupción.

Con el frío y la lluvia en Buenos Aires, hubo operativos familiares organizados como una boda, apenas terminó el partido con Inglaterra.

Que salimos temprano para el Obelisco porque después no se va a poder llegar.

Que dejamos el auto ahí por la Costanera Sur y después cruzamos Puerto Madero y llegamos enseguida a la Plaza de Mayo.

Que vamos a llevar la heladerita con sandwiches de pan lactal así no gastamos en comida si nos tenemos que quedar hasta tan tarde.

Y los termos con café.

Y el mate, por lo menos para el viaje.

Y no se olviden las camperas de lluvia y los paraguas.

Todo y nada sucede igual tras el resultado adverso que obliga, también, a darnos cuenta de que la fiesta termina un poco antes de lo pensado.

Y con un ánimo ya no exultante sino más reflexivo.

El homenaje de gratitud que la Scaloneta seguro tendrá y se merece no es igual que la explosión de la algarabía.

Si el gol es el orgasmo del fútbol, como escribió alguna vez Eduardo Galeano, un campeonato mundial es un orgasmo nacional que estaba planeado en el inconsciente colectivo y ahora quedará, quizá, para la próxima. La locura de hace cuatro años que esta vez quedará en recuerdo.

Atrás queda un partido de fútbol que, no vamos a engañarnos, no era un partido más si se ganaba y tampoco lo fue cuando tocó perder.

Y las cábalas de Anulo Mufa, fotos de la Selección Española en los freezers de cada casa, las camisetas viejas, el mismo gorro, la forma en que nos sentamos a ver los partidos y una explosión de pautas y consejos en las redes que provocaban risa o asombro.

La derrota enseña más que las victorias, dicen los grandes campeones, pero a veces no tenemos ganas de aprender de nuevo sino de disfrutar un poco más. Aunque sea unas horas.

El Nobel de Literatura Albert Camus fue, antes de escritor, arquero de fútbol: “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”, escribió.

Para él, el puesto de arquero enseña que un error puede condenar a todo el equipo, una lección ética que luego trasladó a su pensamiento sobre la solidaridad humana.

Pero el mismo puesto puede sostenernos, en el otro extremo, aferrados a la ilusión.

El Dibu Martínez fue la figura de la Selección en la final y la única palmera con cocos en el desierto que ya cruzábamos hasta el probable oasis de los penales al que, finalmente, nunca llegamos.

No hubo caso esta vez, por aquel pensamiento irónico de Jean Paul Sartre: “En un partido de fútbol todo se complica por la presencia del equipo contrario”. La resistencia del mundo real. Ninguna libertad existe en estado puro.

Esa oposición de la contienda -esta vez, España fue un equipo superior– es justamente lo que hace tan gloriosa la victoria cuando toca. Y le da a la derrota el vacío que la vuelve tristeza. Porque una derrota es, al final, todo lo que pudo ser y ya no será.

Por eso lloran desconsolados, ahí mismo, en la cancha, Messi, De Paul y varios de los jugadores argentinos.

Como si fueran los chicos que en el país del fin del mundo los miran por la tele, y no paran de llorar con ellos.

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