Se podría escribir una colección de libros sobre lo que este Mundial significa y lo que la Selección Argentina representa para nosotros.
Verlo a Messi llorando como un nene después del partido con Egipto me hizo llorar con una intensidad con la que no lo hacía hace tiempo. Me preguntaba por qué y, después de recuperar las pulsaciones, encontré la respuesta.
La historia de Lio es una historia de superación, de resiliencia, de humildad y de grandeza y él puede y pudo brillar dentro de un grupo gigante como es este equipo. Las lágrimas de Lio son las nuestras porque nos muestra la importancia de no soltar.
La importancia de sostener
En un mundo en donde muchos se bajan del barco a la primera tormenta, en un planeta en donde palabras como ghosting son parte del diccionario cotidiano, este equipo nos muestra el valor de sostener, de comprometerse y no bajar los brazos.
Nos enseña que los grandes se pueden equivocar y que no pasa nada.
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Un equipo que después de pasar a semifinales del mundial juega con sus hijos en el césped, un Julián Álvarez que después de meter uno de los goles más lindos del campeonato hace dormir a su hijo a upa.
Los nenes de los jugadores jugando con una botellita de plástico un fulbito en el mismo césped donde sus padres acaban de pasar a semis de un mundial…
Tolerancia a la espera
Quizás eso sea lo que esta Selección Argentina nos está enseñando. En una época en la que educamos hijos con poca tolerancia a la espera, en la que les completamos el álbum de figuritas para que no sufran, estos muchachos nos enseñan que en la vida también se sufre aún después de la gloria: crecer a veces duele.
Y está bien que duela.
La resiliencia no consiste en evitar los golpes. Consiste en desarrollar la capacidad de atravesarlos sin perder la dirección, en volver a empezar a pesar de los pesares.
El éxito es el amor
Aprovecho esta ilusión mundialista para recordarles a los padres y madres que llevan a sus hijos a escuelitas de futbol que el éxito no pasa por la presión sino por el amor, por la empatía y por el trabajo en equipo.
Nadie se salva solo y este grupo es un ejemplo. Y el umbral de frustración es el escalón obligado para recibirse de grandes. Y esta Selección ya lo hizo, no nos deben nada. Está todo pago muchachos.
¿Cuántas selecciones argentinas y de otros países con grandes figuras no llegaron nunca al podio porque sencillamente no eran equipo? Ser equipo es abrazar los momentos de gloria y los momentos más oscuros del alma también.
Ser equipo: nadie gana solo
Ser equipo es bancar la parada, es pegar el grito, es henchir el pecho, aunque el frío queme, aunque el alma duela.
El abrazo a Walter Samuel después del gol de Mc Allister porque es él quien prepara las jugadas con pelota parada.
Scaloni con toda su grandeza y su don de buen tipo (porque todos queremos tenerlo en nuestra mesa por lo buena gente que es) escucha a Paredes con la adrenalina y cortisol a tope y mueve el equipo también en función de lo que dicen sus hombres.
La Selección celebra el pase a semifinales. Foto Juano Tesone. El que hace un gol corre primero a abrazar a quien le dio el pase. Los suplentes festejan como protagonistas. Los líderes hablan del grupo antes que de sí mismos. Eso no disminuye el talento. Lo engrandece.
El valor de la humildad
Pero esta Selección nos enseña algo más. Nos enseña humildad. Y la humildad no es sentirse menos. Es entender que nadie gana solo.
Porque, en realidad, no estamos viendo solamente 11 jugadores. Estamos viendo una forma de vincularse. Estamos viendo que el éxito puede convivir con la humildad. Que la excelencia no está peleada con la generosidad. Que la fortaleza también puede abrazar. Y que la resiliencia no es una palabra de moda, sino la consecuencia de haber aprendido que los golpes forman parte del camino.
Ojalá podamos llevar esa enseñanza mucho más allá de una cancha, a nuestras casas, a las escuelas, a las parejas, a los trabajos.
Tropezar y levantarse
Porque el desafío no es criar chicos que nunca se caigan. Es criar chicos que, cuando la vida inevitablemente los tire al piso, sepan que todavía vale la pena levantarse y dar un paso más. Solo que siempre queda después de los golpes.
Hay un viejo cuento que habla de un hombre que recorre kilómetros para preguntarle a un sabio dónde queda el éxito. El sabio señala un camino y le dice: “a 100 pasos de aquí”.
El hombre empieza a caminar. A los pocos metros tropieza. Más adelante se cae otra vez. Después aparecen piedras, burlas, cansancio y heridas. Convencido de que lo engañaron, regresa indignado: “Me dijiste que el éxito estaba a 100 pasos. Lo único que encontré fueron golpes”.
El sabio lo mira y responde: “No. El éxito estaba exactamente dónde te dije. Lo que olvidé decirte es que estaba después de los golpes”.
Al fin y al cabo, como le dijo aquel sabio al viajero, el éxito sigue estando a 100 pasos. Y esta Selección nos lo recuerda cada día. ¡Aguante corazón aguante y vamos Argentina! Y gracias, con el alma en la mano, gracias.
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