La maldición sigue intacta. Ni siquiera un Mundial ampliado a 48 selecciones, con 32 clasificadas a la fase eliminatoria, alcanzó para que Escocia rompiera una de las estadísticas más crueles de su historia: nunca logró superar la primera ronda de la competencia. El seleccionado británico terminó tercero en el Grupo C y quedó eliminado por diferencia de gol. La frustración fue doble. Porque el nuevo formato ofrecía más lugares que nunca en los cruces de eliminación directa y, aun así, volvió a quedarse en la puerta.

Pocas horas después de la eliminación llegó otra noticia fuerte: Steve Clarke anunció su salida como seleccionador nacional con una extensa carta abierta en la que puso fin a un ciclo de siete años. El entrenador de 61 años no eligió hablar de fracaso. Tampoco buscó excusas. Prefirió hacer un balance de un proceso que considera transformador para el fútbol escocés. Recordó que cuando aceptó el cargo, en 2019, muchos le advirtieron que se trataba de un «regalo envenenado», ya que ningún entrenador conseguía devolver al seleccionado a la elite internacional.

«Mi misión era sencilla: clasificar a Escocia para un gran torneo», escribió. Y, en buena medida, lo consiguió. Bajo su conducción, Escocia volvió a disputar una Eurocopa después de más de dos décadas, repitió presencia en la edición siguiente y también regresó a un Mundial, algo que no lograba desde Francia 1998.

Foto: REUTERS/Peter Cziborra

Sin embargo, el gran objetivo siguió siendo inalcanzable. En la Eurocopa de Alemania 2024 el equipo tampoco pudo superar la fase de grupos y ahora, en el Mundial 2026, volvió a despedirse demasiado pronto. La eliminación resultó especialmente dolorosa porque llegó por un margen mínimo y en el torneo con más plazas clasificatorias de toda la historia.

Lejos de detenerse en esa decepción, Clarke eligió reivindicar otro aspecto de su gestión. «Si seguimos clasificándonos regularmente para estos torneos, inevitablemente romperemos esa barrera y alcanzaremos las fases eliminatorias», escribió, convencido de que el problema histórico de Escocia no pasa por la calidad de sus futbolistas sino por la falta de continuidad en las grandes competencias.

En su despedida también destacó uno de los logros que más orgullo le generan: haber reconciliado a la selección con su gente. Recordó que, cuando asumió, Hampden Park se encontraba medio vacío y el ambiente alrededor del equipo era de apatía. Siete años después, describió una realidad completamente distinta. Habló de las noches inolvidables frente a España y Dinamarca, del acompañamiento masivo del Tartan Army en Alemania y también de la multitud de escoceses que viajó a Estados Unidos para este Mundial.

Foto: REUTERS/Peter Cziborra

«Desde Miami hasta Boston y Nueva Jersey, nuestros aficionados conquistaron el corazón de los estadounidenses y de los hinchas del fútbol de todo el mundo», escribió.

Clarke también dedicó buena parte de la carta a agradecer a los integrantes de su cuerpo técnico y al personal de apoyo que lo acompañó durante estos siete años, convencido de que el crecimiento de la selección no solo ocurrió dentro de la cancha sino también en la estructura profesional que rodea al equipo.

Foto: REUTERS/Peter Cziborra

Su legado quedará abierto a la discusión. En los resultados, no consiguió romper la barrera que persigue a Escocia desde hace décadas. Pero sí logró algo que parecía igualmente complejo: devolver al seleccionado a las grandes competencias de manera sostenida y reconstruir el vínculo con una hinchada que había perdido la costumbre de soñar.

La historia, sin embargo, seguirá esperando. Escocia deberá aguardar al menos cuatro años más para intentar romper una maldición que ya atraviesa generaciones enteras de futbolistas, entrenadores e hinchas.

La carta completa de Steve Clarke

Adiós, Escocia

Cuando la Federación Escocesa de Fútbol se puso en contacto conmigo por primera vez para ofrecerme el cargo de seleccionador, mucha gente me aconsejó que no lo aceptara. Decían que se había convertido en un regalo envenenado. Pero yo seguía siendo aquel chico de Saltcoats que había logrado abrirse camino en el fútbol y cuyo país quería que lo dirigiera, al menos en ese ámbito. No encontré ningún motivo para rechazar la propuesta. Mi misión era sencilla: clasificar a Escocia para un gran torneo.

Al mirar hacia atrás después de estos siete años, el sentimiento que más predomina es el orgullo, seguido muy de cerca por la satisfacción. Convertirme en el primer entrenador desde Craig Brown, en 1998, en llevar a Escocia a la fase final de un gran campeonato fue un sueño hecho realidad. Aquella noche en Belgrado, sin aficionados en el estadio por las restricciones del Covid, fue una experiencia de emociones intensas de principio a fin. Además, le dio al país una alegría muy necesaria en plena pandemia.

Aunque para nosotros la Eurocopa no salió como esperábamos, hubo una noche inolvidable en Wembley, cuando competimos de igual a igual con Inglaterra, que luego sería finalista, y empatamos 0-0. La mayor decepción de aquel torneo fue la ausencia del Tartan Army, que no pudo acompañarnos con sus miles de hinchas.

Tres años después lo conseguimos otra vez, esta vez en Alemania, un país con una enorme tradición futbolística. Sin restricciones sanitarias, el Tartan Army pudo estar presente en cantidades aún mayores. Después de una espera de 26 años, especialmente para los aficionados de más edad, volvieron a vivir un gran torneo con la selección.

Otra vez nos quedamos cortos en los resultados, pero se había marcado un camino. Una nueva generación de hinchas escoceses abrazó a este equipo. Clasifíquense y ellos estarán allí, por miles. Aunque hoy la eliminación duele, estoy convencido de que, si seguimos clasificándonos regularmente para estos torneos, tarde o temprano romperemos la barrera de alcanzar las fases eliminatorias.

Ganar nuestro grupo partiendo como terceros cabezas de serie fue un logro extraordinario conseguido por un grupo extraordinario de futbolistas al que tuve el privilegio de dirigir. La campaña fue muy exigente frente a rivales de gran nivel, pero una y otra vez encontramos la manera de sumar los puntos necesarios. El punto culminante fue, sin dudas, aquel inolvidable 4-2 frente a Dinamarca en Hampden Park.

Con el paso del tiempo podré analizar con más calma estos siete años tan intensos, pero la mayor satisfacción fue ver cómo la selección volvió a conectar con la gente. Desde mi primer partido frente a Chipre, con un Hampden Park medio vacío y un ambiente bastante apático, hasta el fervor vivido en encuentros inolvidables como el 2-0 frente a España y aquella noche memorable contra Dinamarca.

Fueron noches mágicas que quedarán para siempre en la historia del fútbol escocés. Esa reconexión nunca fue tan evidente como durante las últimas semanas. Desde Miami hasta Boston y Nueva Jersey, nuestros hinchas conquistaron el corazón de los estadounidenses y de los aficionados al fútbol de todo el mundo.

No debemos olvidar que este equipo logró apenas la quinta victoria de Escocia en un partido correspondiente a una fase final de un Mundial, y la primera en 36 años. Los jugadores les regalaron a los aficionados recuerdos que los acompañarán toda la vida y me siento orgulloso de haber formado parte de ese camino.

Al cerrar esta etapa quiero agradecer especialmente a todos los integrantes del cuerpo técnico que me acompañaron durante estos siete años. Alex Dyer, Steven Reid y Stevie Woods al comienzo; luego John Carver, Steven Naismith y Chris Woods como pilares fundamentales. Austin MacPhee y James Morrison se sumaron para ayudarnos en el camino hacia la Eurocopa 2024, mientras que Alan Irvine aportó toda su experiencia y Andrew Hughes llegó para colaborar en la clasificación al Mundial 2026. Todos fueron grandes entrenadores, pero sobre todo excelentes personas.

También quiero agradecer al personal de apoyo —demasiados para nombrarlos uno por uno, aunque ellos saben quiénes son—: analistas, médicos, especialistas en ciencias del deporte, utileros, responsables de logística y prensa. Cuando asumí, Graeme Jones era el jefe de rendimiento y mi mano derecha para resolver cualquier problema. Trabajamos juntos para mejorar la estructura y el funcionamiento de la selección fuera de la cancha. Cuando él partió hacia nuevos desafíos, Mark Leslie tomó el relevo de manera impecable y continuó elevando los estándares de trabajo, algo que se reflejó en la preparación del equipo para el Mundial 2026.

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