DALLAS (Enviado especial).- En Daley Plaza, en pleno corazón de Dallas, entre el ir y venir de los autos en pleno horario pico, dos cruces pintadas sobre el asfalto señalan el lugar exacto donde, el 22 de noviembre de 1963, a las 12.30, el presidente John F. Kennedy fue asesinado. No hace falta levantar la vista: basta con mirar el pavimento para reconstruir enseguida la escena que dio la vuelta al mundo y que millones de personas vieron una y otra vez por televisión. Ocurrió durante una visita oficial en el marco de una gira política por Texas con vistas a las elecciones presidenciales de 1964, en la ciudad que por estos días recibe a Argentina en el Mundial y que quedó marcada para siempre por uno de los episodios más trascendentes del siglo XX, una historia cuyo impacto también llegó al deporte.
A apenas 750 metros del hotel The Adolphus, donde se concentra la selección, conviven el viejo depósito de libros desde donde la investigación oficial sostiene que partió el ataque, convertido hoy en museo; el Grassy Knoll (“loma cubierta de hierba”), donde algunos testigos afirmaron haber escuchado los disparos; y el John F. Kennedy Memorial Plaza, un enorme monumento minimalista de hormigón que simboliza la libertad de espíritu de Kennedy.

El magnicidio del líder del Partido Demócrata, que millones de personas siguieron por televisión, marcó un quiebre en la historia del país y en el mapa político global. El gobierno decretó cuatro días de duelo hasta el funeral, en Washington. El país quedó en pausa: se interrumpieron las clases en escuelas y universidades, se suspendieron espectáculos teatrales y musicales, muchos cines cerraron sus puertas y gran parte del comercio bajó sus persianas. Sin embargo, hubo algo que no se detuvo: el deporte.
La National Football League (NFL), que ya disputaba con el béisbol el lugar de mayor popularidad en Estados Unidos, decidió mantener la jornada prevista para apenas dos días después del suceso. Incluso, los jugadores de los Dallas Cowboys, el equipo dueño del estadio donde la selección argentina venció a Austria, viajaron a Cleveland para enfrentar a los Browns, todavía conmocionados por el crimen, y perdieron 27-17.
La medida fue tomada por Pete Rozelle, comisionado de la NFL entre 1960 y 1989 y uno de los grandes arquitectos del crecimiento de la liga, que optó por seguir adelante con la fecha pese al luto nacional. Para muchos historiadores, aquella determinación marcó un punto de inflexión en el deporte americano: el momento en que el negocio empezó a imponerse por encima de todo.
“Es tradición que los atletas compitan en momentos de gran tragedia personal. El fútbol americano era el deporte del señor Kennedy, le encantaba la competencia”, explicaría años más tarde Rozelle.

La postura dividió opiniones y generó un debate que perduró durante décadas. Según trascendió, antes de tomarla, Rozelle se comunicó con Pierre Salinger, secretario de prensa del presidente y excompañero suyo en la Universidad de San Francisco, quien le habría transmitido que Kennedy probablemente habría querido que la actividad se desarrollara con normalidad.
Mientras tanto, la American Football League (AFL), la liga rival de la NFL -en la que competían los Boston Patriots, el equipo favorito del presidente-, sí canceló la agenda. La NBA y la National Hockey League también jugaron ese fin de semana, al igual que varios partidos del fútbol americano universitario. Los Washington Redskins, el equipo de la capital estadounidense, enviaron a la Casa Blanca el balón con el que vencieron 33-28 a Philadelphia. Ninguno de esos encuentros fue televisado: la cadena CBS se negó a transmitirlos.

Mucho tiempo después, Rozelle definiría aquella elección como “la peor decisión” que haya adoptado. Para entonces, la NFL ya se había convertido en la competencia deportiva más poderosa del país y, tras la fusión con la AFL en 1970, afianzó ese liderazgo. Recién en 2001, después de los atentados del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas, su sucesor, Paul Tagliabue, optó por dejar sin efecto el calendario.
También se jugaron algunos partidos de fútbol, aunque pasaron prácticamente inadvertidos. En aquel entonces, el soccer todavía estaba lejos de ocupar un lugar de relevancia en Estados Unidos. Aunque la United States Soccer Federation había sido fundada en 1913, recién se afiliaría a la FIFA en 1967, cuatro años después de la muerte de Kennedy. En 1968 nació la North American Soccer League y, a partir de 1975, la competencia empezó a atraer a algunas de las mayores estrellas del fútbol, como Pelé y Franz Beckenbauer, en el New York Cosmos; Johan Cruyff y George Best, en Los Angeles Aztecs; y Eusébio, en Boston Minutemen.
Desde 1989, el edificio desde donde se presume se cometió el homicidio funciona como el Sixth Floor Museum at Dealey Plaza, un sitio dedicado a la vida, la presidencia y el asesinato de John Kennedy. El sexto piso recrea el lugar desde donde el exmarine Lee Harvey Oswald habría disparado con un rifle italiano Carcano M91/38. La entrada cuesta 24 dólares, unos 34.700 pesos.
Los motivos del ataque nunca quedaron claros. Entre las hipótesis más difundidas figura que Oswald sufría de inestabilidad emocional, simpatizaba con la Cuba de Fidel Castro y buscaba notoriedad y reconocimiento.
Más de 60 años después, la pelota gira pese a todo. A poco del inicio del Mundial, y en medio del conflicto con Irán, el gobierno de Donald Trump jamás puso en duda la organización del torneo y el presidente aseguró que la Copa del Mundo sería “el evento más grande y seguro” en la historia de Estados Unidos. En una ciudad como Dallas, el paralelismo es inevitable: el show, pase lo que pase, debe continuar.
A metros del hotel de la selección fue asesinado John Kennedy; 63 años después, el debate sigue: ¿el show debe continuar?

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