Corrían las primeras horas de 1920 cuando, en el corazón de la ciudad de Rosario, nacía José Antonio Bottiroli, el pianista, compositor y poeta de obra prolífica y delicada, pero injustamente no recordada con el énfasis que merece.
Un siglo después, el músico Fabio Banegas, reconocido pianista y concertista argentino de trascendencia internacional, presenta oficialmente José Antonio Bottiroli (1920-1990) Complete Piano Works, Vol. 4 – Mementos (Naxos – Grand Piano). El material también será difundido todos los sábados de junio a las 21 por la señal Allegro HD. Se trata de un seriado titulado Bottiroli, compositor argentino, donde se podrá apreciar la interpretación de Banegas en torno a la obra de su maestro.
Honores
“Fui reconocido como Ciudadano Distinguido en Rosario”, enfatiza Banegas, con la satisfacción de haberse ganado un lugar en su terruño, un válido estímulo para el artista que, desde hace décadas, vive en Estados Unidos, lejos de su tierra natal, pero muy abocado a la investigación y difusión de la música argentina y a cultivar a los grandes maestros del clasicismo en el mundo.
“Sé cuándo conecto con el público de una manera mística”, explica el ejecutante, avezado en el trajín de emocionar desde las 88 teclas repartidas entre blancas y negras, una extensión de su propia osamenta. Banegas, que obtuvo, entre otros galardones, el Global Music Awards, es un ejecutor portentoso de su arte, pero, además, se colocó sobre sus espaldas la noble tarea de la difusión de los compositores argentinos en el exterior. Una suerte de embajador y preservacionista de piezas y nombres que no siempre ocupan el lugar merecido.
-Se ha ocupado de preservar, ejecutar y difundir la obra de José Antonio Bottiroli. ¿Cómo define su legado?
-Dejó más de 115 obras y, aproximadamente, 87 poemas. Absorbía su entorno, así que su música es la representación de sus vivencias.
-Su conexión con la naturaleza era sumamente inspiradora y le permitía trazar paralelismos.
-Cuando pasaba tiempo en Los Cocos, aparecía la influencia de la vegetación, los sonidos de las hojas y el canto de los pájaros. Manejaba la “etopeya musical”, algo tomado del griego, que permite pensar en los comportamientos y la psicología de los seres humanos; a partir de esto, compone retratos musicales de las personas que conoce. Les escribió a su esposa y a su hija, compuso sobre la noche desde los nocturnos inspirados en esas profundidades de la madrugada y en las galaxias que observaba en el campo cordobés.
La tarea de Banegas podría decirse que tiene revelaciones antropológicas. Hurga, selecciona, define, difunde desde su ejecución. El pianista exhibe los cuatro discos interpretados por él, dedicados a la obra de su maestro con orgullo, “son cuatro horas y cuarenta minutos de música argentina”.
Opus rosarino
“Tuve una infancia muy feliz. Nací cerca del Hipódromo de Rosario. Mi abuelo paterno, Natalio Cirilo Banegas, fue una persona muy importante en ese mundo, propietario de caballos de carrera, un hombre con muchos contactos”.
Una chaqueta de Carlos Gardel, que Banegas atesora, es uno de los legados tangibles de esa agenda de conocidos y amistades que su abuelo frecuentaba. Su abuela Ángela había nacido en Sicilia y era la responsable de manejarle los negocios a su marido, propietario de dos establos.
“De parte de la rama materna, soy checo; gente muy hacendosa de la Europa del Este”. De esa conjunción, conformó una personalidad polifónica, como su música. Posiblemente, allí también resida su afición por una vida cosmopolita.
Banegas tiene un hermano, también radicado en Estados Unidos, que es cirujano, paradójicamente, especialista en manos. “Somos muy parecidos, a tal punto que, en Rosario, mucha gente nos confundía”. Los Banegas se criaron en el Club Regatas de la ciudad que costea el Paraná donde la natación era una de sus aficiones.

-¿Cómo aparece su vocación por la música?
-En mi casa siempre se escuchó el repertorio clásico. A los dos o tres años, yo pedía que me pusieran esos discos. Además, una tía, también estudiosa de la música, rendía sus exámenes ante Manuel de Falla. Había mucha influencia.
Cursaba el primer grado de la escuela primaria cuando su madre decidió inscribirlo en una clase de piano, siguiendo la tradición familiar del apego por la música. Si bien el violín fue una primera opción, la decisión fue que el pequeño Fabio se desarrollara frente a los teclados. “Tocaba más yo que la maestra del barrio”, asevera sin falsa modestia.
Volteretas, a veces caprichosas, del destino, en la celebración por los veinticinco años de egresados de su padre de la escuela normal de maestros, conoció a José Antonio Bottiroli. “Nos sentaron en la misma mesa con él, ya que mi padre era maestro y él era profesor de música; con el tiempo, se transformó en director, era muy paternal y querido, casi un ídolo”.
El padre de Banegas ofició de nexo para que el gran maestro pudiera escuchar a su hijo que apenas contaba con 14 años. “Toqué, como podía, partituras complicadísimas como los tres movimientos de la ‘Sonata del claro de luna’ de Beethoven y ‘Nocturnos’, de Chopin, obras que aprendía por mi cuenta”.
-¿Cómo resultó esa experiencia?
-Seguramente un desastre, pero siempre tuve la virtud de poder transmitir sentimientos. Cuando regresé a casa, mi papá estaba terminando una conversación telefónica con Bottiroli, quien le confirmó que me daría clases todos los sábados. Nos volvimos inseparables, al punto tal que lo consideraba como un abuelo.

En 1994, se graduó en la Universidad Nacional de Rosario como profesor de música y licenciado en música con la especialidad en piano. En el medio, una cursada en la carrera de Derecho quedó trunca.
Con la soprano Alicia Caruso (otra curiosidad del lenguaje y sus destinos) formó un dúo artístico, “una luz, una estudiosa de obras difíciles que no se centraba solo en el ‘Brindis’ de La traviata; cuando recibió una invitación para actuar en Minnesota, la acompañé, casi como si se tratase de un viaje de estudios, y aproveché para perfeccionar el idioma inglés”. Luego llegó una beca musical que ganó con honores y marcó su estadía definitiva en Estados Unidos.
Una fotografía que le tomaron de casualidad fue el puntapié para que lo contrataran como modelo publicitario de gráfica. “Ganaba más con una foto que dictando clases de piano” y también cursó la carrera de Periodismo. “Tuve un diploma de periodista en la UCLA”. Curioso derrotero del artista.
Vive en la ciudad de Los Ángeles, aunque añora la costanera del río Paraná y las caminatas en pleno enero por las calles de Buenos Aires. “Me encanta la ciudad vacía, con un ritmo más tranquilo al habitual”.
-¿Cómo es su vida en Estados Unidos?
-No es fácil, a pesar de que hace treinta años que resido acá, tengo choques culturales a diario. Extraño mucho el humor de Argentina, los encuentros sociales, encontrarme con alguien en la peatonal de Rosario y tomarme un café sin programarlo antes. O cenar tarde. Acá pude construirme mi familia de amigos, estoy contenido por ellos, pero siempre hay una doble intención en la forma en la que la gente se acerca, a partir de lo que uno tiene y puede pagar. He aprendido a que no me saquen ventaja. Me fue bien, vivo muy bien, pero es un arma de doble filo para ese tipo de gente. Eso lleva a tener muchas desilusiones, algo que no viví en en mi país. De todos modos, estoy contento. Por otra parte, como tengo familia en República Checa, viajo mucho a Europa.

Desnuda los sinsabores de aquello que, a la distancia, puede ser idealizado: “Llegué a la conclusión de que los lugares los hace la gente, por eso me rodeé de personas excelentes tanto en Argentina como en Estados Unidos o en la República Checa. Por eso siempre vuelvo al sitio donde dejé un afecto”.
Nació en 1967, aparenta menos edad, y su estado físico impecable se debe al entrenamiento, aunque reconoce: “Vivo con la paranoia de no lastimarme”. Se cuida las manos, evita los esfuerzos y practica natación. No se trata de banalidades, sino de ese aspecto que convierte a su cuerpo en un instrumento sano para la ejecución y en un alma disponible para transmitir sensaciones.
Se consagró como un embajador de la música argentina en el mundo y abrazó una causa tan noble como indispensable, preservar y difundir la obra de su maestro, José Antonio Bottiroli, una empresa que merece reconocimiento. “Me considero un puente, me gusta legar lo que otros hicieron, algo que me hace muy feliz”.
Valses, Nocturnos, Elegías y Mementos, cuatro volúmenes con la obra de Bottiroli que no pueden pasarse por alto. La finalización y puesta en conocimiento público de los cuatro volúmenes dedicados al compositor fallecido en 1990 se posicionan como un corpus académico que salda una deuda. Enhorabuena. Tarea cumplida.
Fabio Banegas presentó el cuarto volumen de su exquisito seriado conformado por las composiciones más destacadas del compositor y poeta José Antonio Bottiroli

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