El kirchnerismo en sus tres versiones pregonó, como muletilla militante, que el manejo equilibrado de la economía modela un país para pocos, conforme a recetas del FMI, excluyendo a las mayorías populares que necesitan de una mano solidaria frente a las inequidades del mercado. Para que nadie quedase afuera (así rezaba la cantinela) abrió la mano dispendiosa del Estado Presente volcando papel pintado sobre todo el territorio argentino, como si billetes sin valor fuesen sustitutos válidos de una inclusión verdadera. Tras bambalinas, y mientras la pobreza iba en ascenso, contratistas y proveedores entregaban bolsos con dólares bien verdes a Néstor Kirchner sabiendo que enfurecía si encontraba coloridos pesos nacionales.
En el actual contexto mundial, en el que la seguridad alimentaria y energética son prioritarias, la Argentina es uno de los países que más se beneficiará de esos aprietos globales. Como una conjunción de astros, desde que el terceto del mal fue expulsado del gobierno hace dos años, el clima inversor se ha vuelto propicio para los sectores donde existen ventajas competitivas inigualables: el agro, los hidrocarburos, la minería y la economía del conocimiento. Sin moneda, sin crédito y con un riesgo país que alcanzó 2700 en 2023, solo en base al apoyo de las urnas, a un discurso creíble, al equilibrio fiscal y a regímenes como el RIGI se lograron inversiones impensadas hasta entonces en esos cuatro pilares, críticos para el desarrollo argentino.
Tras crecer 4.4% en 2025, la Argentina lo hará al 3.6% este año y proyectándose un 3,7% el próximo, una excepción en la región según el Banco Mundial. De exportaciones que rozarán los 100.000 millones de dólares en 2026, podrían alcanzar los 150,000 millones en 2030, garantizándose un ingreso sostenido y diversificado de dólares. Ante el cambio estructural imparable que los deja perplejos, los de bombo y redoblante pretenden reformular el axioma del “país para pocos”, adoptando una métrica territorial, como si las provincias distantes del conurbano bonaerense no integrasen la República Argentina.
El kirchnerismo, necesitado de nueva letra para sus marchitas ya marchitas, intenta otro discurso divisivo donde todo lo que parece bueno será malo y lo que luce providencial, perjudicial
El kirchnerismo, necesitado de nueva letra para sus marchitas ya marchitas, intenta otro discurso divisivo donde todo lo que parece bueno será malo y lo que luce providencial, perjudicial. Según su partitura, las inversiones bajo el RIGI crearán nuevos privilegios en provecho de grandes capitales que extraerán riquezas a costa de agroquímicos, aguas contaminadas y pueblos fantasmas. Las asimilan al perverso régimen de Tierra del Fuego, su verdadera antítesis, pues, en lugar de fomentar exportaciones, permitió a las empresas fueguinas sobrefacturar importaciones con dólares oficiales, mientras se cerraba el mercado interno a celulares del exterior. Según esa crítica descabellada, el desarrollo basado en esos cuatro pilares no beneficiaría a toda la Argentina, sino solo donde esas actividades se encuentren radicadas, excluyendo a las Pyme fabriles, comerciales o de servicios que dan trabajo y generan prosperidad en los cinturones populosos, donde palpita el corazón argentino.
Durante los gobiernos de Juan Perón se aplicaron las prédicas de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) con propósito electoralista, fomentándose el consumo masivo con salarios altos y beneficios laborales que fortalecieron el poder adquisitivo de la clase trabajadora. En paralelo, se impulsó la industria ligera (textil, alimentos, electrodomésticos, motos) para atender esa demanda, mientras se nacionalizaron los ferrocarriles, los servicios públicos y el Banco Central que comenzó a emitir para cubrir el déficit fiscal. El nefasto Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI) monopolizó la exportación de granos para captar la renta agraria y subsidiar las importaciones de las nuevas plantas fabriles. En los papeles, parecía una fórmula perfecta que “cerraba por todos lados”.
Sin embargo, a partir de 1949 sus inconsistencias derrumbaron la producción agropecuaria, provocando crisis de balanza de pagos y aumento de la inflación. Desde entonces, y a pesar de crisis recurrentes, en lugar de modernización solo hubo más protección y créditos subsidiados que congelaron estructuras bien distantes de las exigencias internacionales. Nadie supo o quiso poner el cascabel al gato para superar esa situación y aggiornar las Pyme tomando los modelos de Portugal, Grecia o Polonia, pues cualquier intento afectaría el principal bastión peronista. Se optó por su modelo contrario al mérito y al esfuerzo, al progreso individual y a la educación al servicio de los alumnos, no de los gremios. La fractura quedó expuesta en los conurbanos ahora distantes del torbellino inversor y es señalada como daño colateral del programa libertario y no como resultado inexorable de aquel dramático pasado.
Se necesita solvencia fiscal para apoyar la reinserción laboral, mejorar las barriadas, optimizar el transporte, brindar seguridad y bajar impuestos. Eso no lo logrará jamás un Estado presente en los papeles y ausente en la realidad
Esa realidad existe de forma indudable y debe ser atendida pues el mundo no llora por la Argentina y nadie nos espera en el andén mientras debatimos si es el momento oportuno o no. El nuevo paradigma industrial con la irrupción de China y otros países asiáticos no se detendrá hasta que nos decidamos. Sus productos de alta tecnología y otros más cotidianos de bajo costo (textiles, juguetes, calzado, ropa básica, electrodomésticos, ferretería, plásticos, papelería, repuestos, accesorios), subsidiados o no, utilizando mano de obra esclava o no, son una realidad inevitable que ha hecho temblar a países más desarrollados que el nuestro. Además de Donald Trump, la propia Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha denunciado a Pekín, pero Xi Jinping hace caso omiso.
El país deficitario que dejó el kirchnerismo en 2023 nada hubiese podido hacer frente a ese vendaval y esa es la vara para ponderar la situación actual. ¿Cómo hubiera creado nuevas fuentes de trabajo Sergio Massa, si estaba dedicado a digitar las SIRA? ¿Qué programas de formación laboral para nuevos empleos hubieran ideado Emilio Pérsico, Daniel Menéndez, Fernando Navarro o Juan Grabois si solo saben intermediar subsidios sociales? Se necesita solvencia fiscal para apoyar la reinserción laboral, mejorar las barriadas, optimizar el transporte, brindar seguridad y bajar impuestos. Eso no lo logrará jamás un Estado presente en los papeles y ausente en la realidad, sino un Estado potente con ingresos genuinos y consistentes.
Es erróneo pensar que las inversiones petroleras, gasíferas, mineras y agroindustriales generan poco empleo y solo beneficiarán a las provincias donde físicamente se realizan esas actividades. Cuando fluyen dineros lo hacen a través de los bancos y alimentando el mercado de capitales, como un sistema circulatorio cuya capilaridad alcanza a nuestros 24 Estados. Si la Argentina se caracteriza por la iniciativa y creatividad de sus emprendedores, serán estos quienes readaptarán las Pyme familiares, forzados por las circunstancias y movidos por incentivos virtuosos, gracias al acceso al crédito, a la modernización laboral y apostando a un futuro de expansión con seguridad jurídica. Sobre esos cuatro pilares se apoyará, de manera integral, el desarrollo de todo el país.
Agro, hidrocarburos, minería y economía del conocimiento son los ejes destacados de un cambio estructural y concreto

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