Dany Mañas es un personaje tan querido como ineludible del mundo del espectáculo local. Y también del internacional. Empezó a trabajar en la producción teatral de jovencito, a mediados de los 70, en su Mar del Plata natal; y luego, ya radicado en Buenos Aires, ascendió todos los peldaños de la carrera de productor televisivo. Más tarde regresó a su primer amor, el teatro, pero en calidad de autor, adaptador y director. En el medio se convirtió en amigo y confidente de Mirtha Legrand, Susana Giménez y un sinfín de actores.

En los 90 la vida lo encontraría en los Estados Unidos: radicado en Los Ángeles, donde se codearía con las estrellas más rutilantes de Hollywood. Y allí se convertiría en representante de muchas de ellas y viajaría por el mundo acompañándolas a programas de televisión y festivales internacionales. Así fue que volvió varias veces a la Argentina junto a Sophia Loren, Christopher Reeve, Geraldine Chaplin, Jacqueline Bisset, Joan Collins, Sharon Stone, Shirley MacLaine, Jeremy Irons, Ursula Andress, Jean Claude Van Damme y Kathleen Turner, Esther Williams, Faye Dunaway, La Toya Jackson e Ivana Trump, entre tantísimas figuras.

Mañas:

Hoy, ya radicado nuevamente en Buenos Aires, se destaca como productor de los programas Argentina de película y Entrevistas de película, que conduce por América TV Teté Coustarot (otra de sus grandes amigas); y como adaptador de la aclamada pieza Paraíso, que protagoniza Luciano Cáceres en el Teatro Regio. Pero para toda la colonia artística Daniel Mañas (tal su verdadero nombre) es mucho más que sus múltiples oficios. Es Dany, el self man confiable y generoso, al que todos respetan y quieren de amigo.

Sus inicios y la ayuda de Mirtha

Dany Mañas, jovencísimo, junto a Mirtha Legrand

—¿Cómo te iniciaste en el mundo del espectáculo?

—A los 13 años empecé a trabajar en el teatro Olimpia de Mar del Plata como “che pibe”. Era el chico de los mandados. Comencé ahí gracias a José Slavin, que luego se convertiría en un actor muy conocido. Yo era compañero de sus hijas en el secundario y él me quiso dar una mano. La obra era Cien veces no debo, de Ricardo Talesnik, y con él trabajaban Pepe Soriano y una actriz española que hacía de la chica embarazada, el papel que luego interpretó en el cine Andrea Del Boca. En el elenco también estaba Emilio Disi, que por entonces era un actor dramático. El espectáculo se ofrecía en el circuito off de la ciudad. Así que era todo a pulmón.

—¿Mirtha Legrand fue quien, más tarde, te abrió las puertas de la televisión?

—Sí, y el asunto fue así: yo también trabajaba en la consejería del hotel Chateau Frontenac, que era el más lindo de la ciudad porque lo había hecho un francés. De repente, Mirtha y su esposo, Daniel Tinayre, se instalan allí cuando vienen a hacer la obra 40 kilates. Entonces se me ocurre dejarles una cartita que decía: “Yo trabajo en teatro, si necesitan un asistente”. Al otro día Mirtha aparece en el lobby y me pregunta: “¿vos sos el de la cartita?“. Yo respondo que sí y ahí Daniel agrega: ”no tenemos nada para vos, querido». Pero Mirtha intercede y le dice: “No seas así, Daniel, por ahí hay algo, ya te vamos a avisar”. Y al otro día nomás, Mirtha me dice: “Sí, necesitamos un chico en los camarines para que atienda a los actores, si alguien quiere un café o lo busca un periodista”. Y eso es lo que hice hasta que terminó la temporada.

En general de todos los famosos con los trabajó guarda un grato recuerdo, salvo de Carlos Perciavalle y de David Copperfield

—¿Y luego?

—Cuando bajó de cartel la obra, Mirtha me preguntó: ‘¿Tenés algún plan para venir a Buenos Aires?´. Y yo le contesté: plan sí, pero medios no. Entonces me dijo: “Si hay alguna vacante en los almuerzos de Canal 9, te voy a avisar”. Eso fue a fines de febrero, cuando yo acababa de terminar la secundaria y tenía 17 años. A mitad de marzo me llamó y me dijo: “Venite porque el asistente de producción se fue”. Y así fue que empecé a trabajar con ella. Me instalé en una pensión que me recomendó una modelo de alta costura de Mar del Plata, que era limpia y barata, en Cangallo y Montevideo. Todas las mañanas me tomaba el 102 hasta los estudios de la calle Gelly, presenciaba el programa, luego hacíamos una reunión de producción y después me quedaba toda la tarde en el canal haciendo las tarjetas con la info de los invitados del siguiente día. Por último, a las 19.30, me iba para la casa de Mirtha, en Barrio Parque, y se las dejaba en mano a su asistente Elva para que a la noche Mirtha las estudiara. Y de ahí me volvía a la pensión con una valija repleta de cartas, las que Mirtha recibía diariamente y que yo debía leer y clasificar para que ella las comentara al aire.

Dany Mañas:

—¿Cuántos años trabajaste junto a ella?

—Fueron 10 años en total, y fue una verdadera escuela de producción. A pesar de que había un productor, la productora real del programa era Mirtha. Después de cuatro años como asistente, de repente sucedió algo. Ya estábamos en Canal 13, hubo una discusión y el productor se fue. Ahí los directivos del canal empezaron a buscar un nombre importante para ofrecerle, pero Mirtha les dijo: “olvídenlo, yo me arreglo con Dani”. Y desde entonces pasé a ser su productor general.

—¿Hoy son amigos con Mirtha? ¿Se tutean?

—Sí, somos muy amigos; de hecho, me invita todos los domingos a tomar el té a su casa, pero nunca nos tuteamos, ni antes ni ahora, nunca en 50 años de relación. Mirtha ha sido y es una persona muy importante en mi vida. Hubo algo que ha cambiado en nuestra relación, sobre todo en los dos últimos años: la intensidad de su ternura hacia mí, la mirada, el escucharme muy especialmente, el pedir mi opinión. Antes, cuando ella era joven y estaba en plena vorágine del trabajo, eso no sucedía. Ahora, de repente, me pide que me siente al lado suyo, luego me toma la mano y hasta me da un beso.

Su relación con Susana

—Con Susana Giménez también trabajaste. ¿Es otra de tus amigas?

—Sí, con Susana fue al revés de Mirtha. Primero fuimos amigos y luego trabajamos juntos. Siendo un adolescente, la fui a ver en Mar del Plata cuando hizo Las mariposas son libres. Recuerdo haber pensado: wow, esta no es la chica de (la propaganda del jabón) Cadum que no sabe hacer nada, ¡es una comediante! Estaba al mismo nivel que Rodolfo Bebán y China Zorrilla. Por eso muchos años después yo insistí para que ella fuese la protagonista de La mujer del año. Decían: “No, ella viene de la revista, no es para eso”, pero yo la recordaba de aquel entonces y sabía que lo podía hacer. Bueno, lo concreto es que yo la conozco personalmente siendo productor de Mirtha. La he llegado a llamar de un día para el otro para llenar un bache y ella siempre me decía que sí. En esos tiempos no existían los canjes ni los estilistas, pero ella siempre se las arreglaba para venir impecable si yo la llamaba. Una vez vino con un vestido que le hizo la abuela todo tejido al crochet. Y empezamos a coincidir en comidas después del teatro y así nos fuimos haciendo amigos.

—Entre otras actividades, fuiste autor de varios unipersonales de Carlos Perciavalle, ¿es verdad que la relación terminó mal?

—Sí. A él lo conocí cuando hacía espectáculos de café-concert, monólogos con un solo cambio de ropa. En recintos algo alejados. Yo le propuse que hiciera algo distinto: shows con varios personajes, cambios de vestuario y de escenografía, en algún teatro del centro. Fue ahí que arreglé para que hiciera la última temporada del teatro Grand Splendid (antes de que pasase a ser cine). Yo le propuse que hiciera de Isabel Perón, un personaje muy fuerte para aquella época. Él no quería saber nada, decía que no era imitador como Antonio Gasalla. Al final lo convencí y yo terminé escribiéndole los guiones. Fue un boom, el teatro se venía abajo. Después pasamos al Maipo y estuvimos como cinco años repitiendo el esquema, pero con distintos personajes. Siempre con éxito. También hacíamos los veranos en Punta del Este. Después, cuando hizo La jaula de las locas, junto a Tato Bores, yo lo acompañé, pero de repente pasó a ser otra persona… Estaba muy cambiado, muy agresivo. Por último, me terminó debiendo un montón de plata. Y hasta ahí llegué.

A lo largo de su carrera, Dany Mañas se convirtió en amigo y confidente de Mirtha Legrand, Susana Giménez, Teté Coustarot y un sinfín de actores locales y del extranjero

—A fines de los 80 asumiste la triple responsabilidad de dirigir, adaptar y producir la comedia Alta sociedad. ¿Ese fue el mayor fracaso de tu carrera?

—Depende de cómo se lo mire. Algunos hablaron de fracaso porque lo comparaban con los éxitos de La mujer del año y de La jaula de las locas, pero hace poco encontré una carpeta con los borderaux de Alta sociedad y no estaban mal: los viernes y sábados metíamos 700 personas pagas por día. Hoy eso sería un exitazo. La obra no bajó por falta de público ni por un error de casting, como algunos aseguraron. Los inversores no sabían nada de teatro, tenían una empresa de lotería y se metían en todo. No me escuchaban. Antonio Grimau estaba muy bien porque siempre está muy bien. Y Nicolás Repetto también estaba bien. En cuanto a Susana Traverso… no estuvo a la altura de las circunstancias.

Hello Hollywood

En marzo de 1990 Mañas se radicó en Los Ángeles para, en principio, trabajar en la Nederlander Organization (una de las dos grandes productoras de espectáculos musicales de los Estados Unidos). El ofrecimiento lo había recibido directamente del presidente de la compañía, Stan Seiden, quien, tras su paso por Buenos Aires, había quedado maravillado con sus trabajos de director y coautor de los musicales Tango-Tango y Argentina Pasional. “Yo llegué un sábado a Los Ángeles y el lunes me puse a estudiar inglés en una escuela, de 18 a 21, todos los días. Así me hice un lugar en ese mercado tan competitivo: con una oportunidad que no desaproveché, algo de suerte y mucho estudio y trabajo”, recuerda quien trabajó allí intensamente durante dos años.

—¿Cuándo te convertís en representante de estrellas?

—Al poco tiempo de abandonar la compañía. El primer artista que traje a la Argentina fue Christopher Reeve, el protagonista de Superman. Luego siguió Sophia Loren. En el primer viaje asistió al programa de Susana (Giménez) y uno o dos años después volvió al país para un aniversario de la revista Caras. Después empecé a traer figuras a distintas ediciones del Festival de Cine de Mar del Plata, entre ellas a Jacqueline Bisset, Jeremy Irons, Kathleen Turner y Geraldine Chaplin. Y también viajé con ellos, o con otros, a Chile, Brasil, España, Italia, Budapest. En total, representé a 50 figuras.

Con Jaqueline Bisset

—¿Qué recuerdos tenés de esas figuras?¿Alguna te desilusionó? ¿Por qué?

—Con todos siempre hubo una relación muy amable, incluso con algunos de mucho cariño y hasta de amistad. Con el único que viví una situación desagradable fue con (el famoso mago) David Copperfield. En el tope de su fama, cuando salía con (la modelo) Claudia Schiffer, lo llevé a España, al programa Sorpresa ¡Sorpresa! Lo fui a buscar al aeropuerto para ir a un breve ensayo al canal y en cuanto arranca el auto, me pide la plata, el dinero de su cachet. Yo le digo que le iban a pagar en el canal, tal cual había arreglado con su mánager, en Las Vegas; y él, sin mediar una palabra, le pide al chofer que pare el auto y se baja en plena autopista.

—¿En serio?

—¡Sí! Un loco. Regresó al aeropuerto caminando y yo atrás de él, sin poder creer la situación, repitiéndole: “estás equivocado, estás equivocado”. Su intención era tomarse de regreso el mismo avión con el que había llegado. Cuando llega al mostrador de la aerolínea, llama por teléfono a su mánager a los Estados Unidos, donde serían las 4 de la mañana, y despierta al pobre tipo para quejarse. De repente veo que su semblante se transforma y me pasa el teléfono. Su mánager me pide disculpas, me dice que ya le explicó todo y volvemos en el auto sin hablarnos. Él nunca se disculpó y yo, a partir de ahí, le hablé lo mínimo y necesario.

Dany Mañas:

—¿Cómo fue tu vínculo con Sophia Loren?

—Fantástico. Ella es una mujer muy tímida. Y yo soy muy respetuoso, algo que aprendí con Mirtha. Entonces supe cómo manejarme con ella desde el vamos. Como Sophia suele tener sus reparos, la primera vez me citó en el hotel Beverly Hills para tomar el té. Me dijo: “Ay, no sé, yo no hago esas cosas, no voy a programas de televisión ni viajo por el mundo”. Pero después pegamos onda y desarrollamos una relación de mucha confianza. Sophia tiene mucho humor. Me decía riéndose: “vos sos el responsable de que haya iniciado una nueva carrera en mi vida, la de entrevistada profesional”. Todo empezó con su primer viaje a Buenos Aires, donde, además de ir a la televisión, conseguí que la declarasen Ciudadana Ilustre y hasta le dieran el título Honoris Causa a través de la carrera de cine de la UBA, que se dicta en la Facultad de Arquitectura. Para ella ese fue el momento más emocionante de su viaje a la Argentina.

—¿Por qué?

—Lo recuerdo muy vívidamente. Con su hijo Edoardo sentado en la platea, Sophia, completamente conmovida, confesó: “Yo, por la guerra, no pude ir a la escuela; y hoy estoy recibiendo el doctorado honoris causa frente a mi hijo y a tantos estudiantes en Buenos Aires. Ni siquiera en Italia me condecoraron de esta manera”. No te puedo explicar la ovación que recibió. Luego nos fuimos del evento en un Cadillac que portaba las banderas de Italia y Argentina, y ella fue saludando a toda la gente que la aguardaba a lo largo de la avenida Libertador como si fuese una reina o el Papa.

Mañas cuenta que cuando trajo a Joan Collins a la Argentina se fueron a tomar un té a Santa Fe y Callao:

—¿Seguís en contacto con algunas de esas figuras?

—Sí, el otro día le escribí a Joan Collins porque estuvo en el Festival de Cannes. Le dije que la había visto divina y ella me contentó: “I remember you always, Dear Dany”. A ella la traje a Buenos Aires en plena época de Dinastía, así que no podíamos salir a la calle. Sin embargo, un día la llevé a tomar un café a Santa Fe y Callao. Ella se camufló: dejó en el hotel el pelucón que solía usar, se puso un sombrero y un pañuelo en la cabeza y se escondió detrás de unos anteojos oscuros. Se la pasó incógnitamente viendo gente caminar de un lado a otro, algo que —me dijo— no podía hacer en ningún lugar del mundo. Después me pidió visitar la tumba de Eva Perón en el cementerio de La Recoleta.

—Hace un par de semanas estuviste con Calista Flockhart (la otrora protagonista de la serie Ally McBeal, hoy esposa de Harrison Ford), ¿no?

—Sí, ella quiso venir a conocer el sur junto a su hijo Liam, al que adoptó hace 25 años, justo antes de empezar su relación con Harrison Ford. Fue un viaje de madre e hijo. Yo los ayudé con la organización y luego se quedaron tres días en Buenos Aires. Asistimos juntos a una ópera en el Teatro Colón porque ella es fanática del género, y luego los llevé a cenar a Edelweiss, donde se reúnen los actores después del teatro. Era sábado a la noche y se asombraron con la cantidad de gente caminando por la avenida Corrientes. Nunca habían visto algo así. Calista es un amor y su hijo también.

Dany Mañas junto a Calista Flockhart, quien pasó por la Argentina hace unas semanas:

Entre divas

—De todas las estrellas con las que trabajaste, ¿quién resultó ser más diva?

—Una vez me hizo esa misma pregunta Marcela Tinayre y no dudé en responderle ni un segundo: tu vieja, sin dudas.

-¿Tus mejores amigas internacionales son Geraldine Chaplin y Sonia Braga?

—Sí, de hecho, Sonia me llama Irmão (hermano en portugués). Y Geraldine directamente es de la familia. Yo voy a pasar las vacaciones a su casa y ella ha estado muchas veces en la mía. Geraldine también dice que soy su hermano, por eso un día le dije: si soy realmente tu hermano, quiero participar de la abultada sucesión de los Chaplin; creo que me lo merezco, ¿no? [risas]. Con Geraldine todo es muy simple y relajado. Además, habla perfectamente español. La última vez que vino a la Argentina fuimos a comer pizza a Güerrín. Le encantó.

Mañas junto a Sonia Braga y Geraldine Chaplin, a quienes considera hermanas de la vida

El equipo de Los Galanes

—Luego, hubo un momento en el que aún viviendo en el exterior empezaste a concretar proyectos aquí. ¿Por qué decidiste producir Risas en el piso 23 con Carlos Andrés Calvo?

—No fue algo buscado. Sucedió así: en 1994 Carlos viajó a los Estados Unidos a ver los partidos del Mundial de Fútbol. Yo estaba en Nueva York y nos encontramos. No estaba previsto, pero terminamos viendo esa obra, que allí la protagonizaba Nathan Lane. Como Carlos no sabía una palabra en inglés, me pasé toda la obra comentándosela al oído. Yo no sé si entendió algo, pero ya en el entreacto me dijo: “Hagámosla en Buenos Aires”. Y fue así que me encargué de conseguir los derechos, de producirla, de hacer la adaptación, de ocuparme del casting y hasta del vestuario. La hicimos en el Teatro Lorange [hoy Apolo]. Nos fue más o menos.

Dany Mañas, como manager del equipo de Los Galanes

—¿Carlos Calvo era un enfant terrible?

– Sí y no. Yo a Carlos lo conocía desde hacía mucho. De cuando yo trabajaba como asistente de dirección en la obra Greta Garbo, quién diría, está bien y vive en Barracas, que protagonizaban Miguel Ángel Solá y Osvaldo Tesser en el Teatro Margarita Xirgu de San Telmo. En esa misma sala, por las tardes, Carlos actuaba en un infantil llamado La tortuga de Cecilia. Un día falta el sonidista de ese infantil y me piden que lo reemplace. Ahí me hice amigo de Carlín porque era imposible no hacerte amigo. Todos lo querían. Claro que en ese entonces era un Carlín más relajado, muy diferente al que la gente conoció en televisión y hoy recuerda. Nos hicimos tan amigos que cuando Solá dejó la obra, yo lo propuse para que lo reemplazara, pero los productores no quisieron saber nada porque aún no era conocido. Después formamos parte del grupo de Pipo.

—Hablame de ese grupo, ¿quiénes lo conformaban?

—Lo integrábamos Jorge Mayorano, Miguel Ángel Solá, Raúl Taibo, Ricardo Darín, Carlín y yo, entre otros. Nos llamábamos así porque íbamos prácticamente todas las noches a comer fideos a un restaurante de pastas tan famoso como barato que quedaba en la calle Montevideo y que se llamaba así: Pipo. En ese momento nadie la había pegado y no alcanzaba para otra cosa. A veces yo los invitaba a todos porque era el único que tenía un sueldo fijo, trabajaba en Canal 13 como productor de Mirtha. Ahí, en medio de esas cenas, se armó el equipo de Los Galanes. ¿Podés creerlo? Yo, como nunca jugué al fútbol, me convertí en el mánager del equipo, al que luego se sumó Darío Grandinetti.

De regreso a la Argentina

—¿Por qué regresás finalmente a la Argentina?

—Llegó un momento en que había cosas que yo quería hacer que sólo se podían dar aquí. Así que después de vivir en tres casas distintas de Los Ángeles (ubicadas en Beverly Center, Hollywood Hills y Sunset Boulevard), empaqué todo y me volví. Resulta que se me había ocurrido –sin ser autor teatral- escribir un unipersonal sobre Coco Chanel para que lo protagonizara Geraldine (Chaplin). Ella me alentó y en cuanto lo terminé me dijo que nunca lo haría porque era una actriz de cine y no de teatro. “Te mentí porque si no nunca lo hubieras escrito”, me dijo. En ese momento guardé el texto pensando que nunca llegaría a escena, pero ocurrió algo sorpresivo: me contactó Esther Goris porque tenía la idea de hacer algo en torno a la figura de Coco y quería que yo le diera forma teatral… Semejante coincidencia justificó que me volviera un tiempo a la Argentina, en 2002. Después regresé definitivamente en 2015, cuando vine a producir Filomena Marturano, con Claudia Lapacó y Antonio Grimau, que fue un gran éxito.

—¿Cómo es hoy tu relación con Hollywood? ¿Te volverías a ir?

—Yo, como decía Facundo Cabral, no soy de aquí ni soy de allá. Así que no extraño a la Argentina si estoy en los Estados Unidos ni viceversa. Por eso, hace unos años me volví a ir por un tiempo para trabajar como productor de Ismael Cala, primero en Miami y luego en Nueva York. Pero lo que más valoro hoy es la vida cultural de Buenos Aires. Y dentro de ella, fundamentalmente, el teatro. Justamente el año pasado me encontré en Nueva York con Angelina Jolie en la entrega de los premios Tony; y, como no la conocía de antes, y por eso no sabía bien cómo abordarla, se me ocurrió algo que resultó ser mágico. “Hola, qué tal, soy de Buenos Aires, la ciudad que más teatros tiene en el mundo”, le dije.

—¿Y qué ocurrió?

Ahí mismo se generó la empatía y la charla sin parar. Hoy para mí el teatro es fundamental. A esta altura de la vida quiero vivir de eso y estar siempre ocupado con gente que quiero y admiro. Y aquí están prácticamente todos. Ahora Los Ángeles es un lugar de paso, ni siquiera están mis amigos del pasado o las personas con las que supe trabajar. Todos se han ido. Como yo. Hoy prefiero vivir en Buenos Aires y disfrutar de la gente con la que comparto historia y raíces.

​Trabaja en el medio desde los 13 años; es productor de televisión y teatro y amigo de las principales divas del país; también muchas estrellas de Hollywood lo conocen  

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