El año pasado se registraron 30.981 focos de incendios en toda la Argentina. Aunque por debajo del pico alcanzado en 2020, expertos aseguran que la crisis climática intensifica su frecuencia y efectos convirtiéndolos en incendios forestales de “sexta generación”.
Así lo demuestra un estudio internacional de World Weather Attribution (WWA) enfocado en la Patagonia: en un mundo 1,3°C más frío, los incendios serían menos frecuentes. Además, la presencia de coníferas no nativas plantadas favorece su propagación. Cuando el fuego se retira, queda solo una estela de ceniza, vestigios de un ecosistema calcinado y las ruinas de las comunidades que se habían asentado ahí.
Cada verano las cuadrillas oficiales, comunitarias y autoconvocadas arriesgan su vida para detener el avance del fuego y preservar su tierra. Las brigadas provinciales y nacionales integran el sistema federal coordinado por el Servicio Nacional de Manejo del Fuego (SNMF) y la Administración de Parques Nacionales (APN). Los números son imprecisos y generales. De acuerdo a ATE-Parques Nacionales, hoy operan unos 538 combatientes en los sectores oficiales, pero a nivel provincial se suman algunos más.
Es una tarea carente de manos suficientes, riesgosa y, como lo describió Priscila López, brigadista del Servicio de Prevención y Lucha contra Incendios Forestales (Splif) de El Bolsón, un tanto excluyente. Para ella, esta tarea suele seguir una lógica que se repite: “Siempre que vos ves una imagen de un incendio, ves a hombres trabajando, nunca ves a una mujer”, señaló.
En un oficio mayoritariamente masculino, las mujeres validan su rol permanentemente.

En la central del Splif de El Bolsón 60 brigadistas “son de línea” –quienes se enfrentan cara a cara al fuego–, y solo cinco son mujeres.
Priscila, de 28 años, es una de ellas. Se levanta a las seis de la mañana sin saber a qué hora regresará. Luchar contra el fuego le apasiona. Lleva cinco años en la brigada y se interesó al escuchar las hazañas que sus amigos le contaban. “Un día andaban en helicóptero, otro día andaban en lancha. A mí me parecía re loco poder hacer tantas cosas en un trabajo”, contó Priscila a LA NACION.
Lo que comenzó como un plan temporal se volvió definitivo, y al poco tiempo se inscribió en Splif. “A veces uno idealiza esos trabajos y después te vas chocando contra una pared que no esperabas”, agregó.
Cuando ingresó, había solo dos mujeres brigadistas. “Estaba el típico comentario de que contratar mujeres era para quilombo”, contó desde su casa en Río Negro. También recuerda que no era de quedarse callada: “Llegué, era vegetariana, era feminista, era mujer y si me decías algo, yo te contestaba”.

Fue un difícil primer año para ella. En medio de la transición de dejar la carrera de medicina y adentrarse al cuerpo de lucha de incendios, un ambiente competitivo y masculino. En palabras de la brigadista: “Fue un quiebre. Me gustaba el trabajo, pero había un montón de gente adentro que no me agradaba, la verdad”.
Priscila recuerda cargar agua a un camión cisterna, en el incendio de Puerto Patriada en enero de este año, cuando en cuestión de segundos el fuego avanzó hasta acorralarla. “Estaba ahí y se hizo de noche y empezó a llover pavesas prendidas [trozos de vegetación que se desprenden del fuego princial]. Cuando pasó se abrió el cielo y pude respirar. Podría haber muerto ahí”, describió.
La presión no terminaba en las llamas. La necesidad de validación de su lugar dentro del equipo persistía: “Me pasaba todo el tiempo de tener que demostrar que yo hacía el triple de trabajo que hacía otro varón para que vean que verdaderamente servía. Si un compañero traía una carretilla de leña, yo llevaba tres”.
Priscila participó del programa internacional Women-in-Fire Prescribed Fire Training Exchanges (Wtrex) junto a 29 brigadistas en España. Allí conoció a otras mujeres que también intentan abrirse un espacio en el oficio. “Hay que luchar por lo que uno quiere”, resumió mientras se acariciaba la muñeca donde tiene un tatuaje de una montaña con la palabra “casa”.
“El monte es nuestra casa, pero nos queda el 2%”
En Córdoba, durante los primeros meses de 2026 se registraron 73 incendios forestales y rurales, que afectaron 1122 hectáreas. Así lo muestran los datos de la Dirección de Gestión Integral de Manejo del Fuego y la Infraestructura de Datos Espaciales de la Provincia de Córdoba (Idecor).
“El fuego no es el enemigo, es un elemento más de la naturaleza”, explicaron desde Fuegas, un colectivo ecofeminista de 18 mujeres brigadistas de Sierras Chicas, en aquella provincia. Las mujeres que integran la organización proponen una manera distinta de entender a los incendios: “Venimos acostumbradas a que el fuego es como ir a la guerra. Todas las palabras son de combatir, de lucha, de resistencia, cuánto más aguantás, sos más héroe”.
Conmovidas por los incendios que veían desde sus hogares, Juana y Vilú decidieron unirse a las brigadas. “Veíamos el fuego al atardecer, las laderas de las montañas incendiadas. Era perder lo que ya conocíamos, los lugares que solíamos transitar”, describió Vilú. Por aquel entonces colaboraban con los bomberos o “bombis”, como les llaman, con agua o comida hasta que entendieron que esa ayuda no bastaría nunca. Era momento de involucrarse más.
No fue hasta la marcha del 8 de marzo de 2022 que Fuegas tomó forma, impulsada por el femicidio de la bombera Luana Ludeña. En noviembre de 2021, Luana fue abusada por el exdirector general de Protección Civil de Córdoba, Diego Concha. Unos meses después, en enero de 2022, se quitó la vida. “La llevamos siempre con nosotras. Su nombre está en nuestros cascos”, añade Juana.
El trabajo de las brigadistas implica adentrarse en el peligro mientras que el resto de los seres vivos huye. “El monte es nuestra casa, pero nos queda el 2%”, afirman desde las Fuegas.

En otros recorridos dentro del oficio, el vínculo con el medio ambiente también es un punto de partida. Desde pequeña Lorena Ojeda Gómez, guardaparque y brigadista del Parque Nacional Los Alerces y exdirectora de operaciones del Servicio Nacional del Manejo del Fuego entre 2020 y 2022, supo que quería proteger la naturaleza. Su abuelo, guardaparque en el Parque Nacional Nahuel Huapi, le había inculcado esa vocación.
El primer obstáculo era su edad. “Yo empecé a averiguar muy temprano. Tenía como 15 y debía tener 21”, explicó. Aun así, logró participar de un curso donde entró por primera vez en contacto con la Brigada de Incendios del Parque Nacional Nahuel Huapi.
Era el trabajo perfecto: combinaba su deseo de trabajar en el bosque con la adrenalina. Pero para acceder a la capacitación que ofrecía la división de Incendios, Comunicaciones y Emergencias (ICE), debía esperar un año. “De cara rota pedí hablar con el jefe. Le dije: ‘Entiendo que soy menor, pero yo estoy pidiendo hacer la capacitación, no estoy pidiendo un puesto laboral’”, recordó la brigadista. Esa determinación le consiguió la aprobación de los directivos para continuar.

Al cumplir los 21 volvió a postularse y esta vez sí ingresó a las brigadas. Eran tres mujeres y 45 hombres combatientes. Al cabo de un año, todo cambió: “Una de las chicas quedó embarazada y la otra se fue a otro sector. De los casi siete años que yo estuve, cinco estuve sola”.
Los problemas llegaron cuando quiso postularse para ser jefe de cuadrilla, a los tres años como combatiente. “Hice el curso y cuando volví me acuerdo que me dijeron: mirá, todo bien que aprobaste el curso, pero vos acá no vas a ejercer”, dijo que le comentaron sus superiores.
A pesar de ese clima, Lorena probó su valor al liderar operativos de incendios como el de Islas del Delta del Paraná en 2020, donde era la única mujer jefa de cuadrilla. Incluso formó parte de un operativo en la base Orcadas en la Antártida por 15 meses.
“Se me puso difícil. Me querían trabar la posibilidad de intentar”, aseguró la brigadista. Aun así, Lorena nunca dio el brazo a torcer. “No es un laburo que te queda a la vuelta de la esquina, no es fácil. Hay que sostenerlo”, afirmó.
De la Patagonia a Córdoba, testimonios y cifras oficiales muestran cómo funcionan las brigadas, cuántos combatientes hay y qué desafíos enfrentan en el terreno

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