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Desde su marginalidad nipona, Yayoi Kusama obligó al mundo a perderse en el infinito de sus obras

Desde su marginalidad nipona, Yayoi Kusama obligó al mundo a perderse en el infinito de sus obras

Entre la alienación psicológica y las vanguardias del siglo XX, la artista japonesa fallecida a los 97 años ocupó un lugar destacado en el arte contemporáneo. Su irreverencia la ll

La imagen es evocadora. Todas lo son, ya se sabe, pero esta en particular parece condensar los cinco años que conmovieron al arte en el siglo XX. La foto de Yayoi Kusama sentada junto a su célebre Pumpkin (2010) revive, todavía, muchos años después, las tensiones de un periodo crucial. Con su peluca naranja brillante, inmóvil en un entorno asimilado por puntos negros sobre un fondo amarillo, la artista encarna el puente exacto entre la alienación psicológica y la consagración de las vanguardias del siglo XX.

El arco temporal de que va de 1957 a 1962, que las tendencias curatoriales no quieren llamar más por sus nombres propios y en cambio, prefieren pensarlo como Nuevos Realismos. Ese momento que marca la transición clave entre el fin del dominio de la pintura abstracta y el nacimiento de los lenguajes objetuales de los años sesenta. En una etapa que se definió por la incorporación directa de la realidad y los objetos cotidianos al arte, como anticipo del Pop Art y la Posmodernidad, Kusama tomó asiento, sin nunca arrellanarse, siempre con incomodidad frente a las circunstancias del entorno.

Estreno. La primera versión del Infinity Mirror Room—Phalli’s Field, 1965, en la galería Castellane de Nueva York.

Porque a finales de los años 50, asfixiada por el formalismo del estilo tradicional japonés Nihonga y un entorno familiar muy represivo, esta mujer excepcional se fue a vivir a Estados Unidos, aguantó hasta la década del 70 y regresó a Japón, casi directo al neuropsiquiátrico o al jardín zen, según más les guste.

La contemporaneidad de su trabajo no hace más que reforzar su sentido histórico: allí está ella, una presencia meridiana, muchos años más tarde rodeada de puntos y colores vibrantes. Tal cual como estuvo, también en el centro, en una de sus obras más famosas, Acumulations. Aquí no eran puntos sino penes, los que se había agenciado para experimentar y luego llevar, literalmente, a una puesta en abismo en Infinity Mirror Room (1965).

Yayoi Kusama

Muy joven, toda vestida de rojo, se paraba sobre algo parecido a las once mil vergas, no ya de Apollinaire, ahora eran de Kusama, que por medio de los espejos que rodeaban la instalación multiplicaban todo al infinito. Quizá por la férrea resistencia a no formar parte de los diferentes movimientos artísticos de su época, ni Pop, ni Minimalismo, ni Op Art, es que Kusama desde su marginalidad nipona obligó a mirar sus obras de manera obliterada.

Divertidas, crueles, inteligentes y con la conciencia de que el tiempo iba a pasarles por encima. Por eso, con su peluca naranja como una Cenicienta pop, a poco de ser centenaria, ha muerto pero no ha envejecido en absoluto. Es la misma. La que nunca fue ni más ni menos que una artista genial.

Yayoi Kusama a los 10 años, la segunda de la derecha.

Atrás quedaba Matsumoto, el pueblo natal donde la pequeña Yayoi desarmaba los campos de semillas familiares para pintar flores que se le venían encima. También quedaba atrás la rigidez asfixiante del estilo Nihonga, esa tradición pictórica japonesa que la obligaba a un orden formal mientras su cabeza demandaba un desborde.

Lejos de casa

Ese primer viaje a Nueva York no fue una beca de estudios; fue una fuga psíquica. Llegó con unos pocos dólares cosidos al forro de su abrigo y una valija repleta de dibujos en papel, decidida a incendiar la ciudad o a consumirse en ella. Su primera victoria sobre el lienzo neoyorquino fue de una paciencia demencial: las Infinity Nets (1959), inmensas extensiones de redes blancas tejidas con un pulso obsesivo, un gesto que el mismísimo Donald Judd leyó como un minimalismo físico pero que, en realidad, era pura catarsis biológica frente al vacío.

Kusama operó en el corazón de Manhattan como un virus estético que los pop boys miraban de reojo. Mientras Andy Warhol empapelaba las paredes con repeticiones mecánicas de vacas y latas, ella reclamaba la autoría moral de la acumulación en serie; después de todo, sus falos de tela ya se esparcían, cuando el pop todavía pintaba historietas. Su audacia no se midió en los museos que hoy la consagran, sino en las veredas.

Sala de Kusama en la Tate Modern, en 2022.

En 1966, fuera del canon oficial, ya que no fue invitada, saboteó la Bienal de Venecia con Narcissus Garden, una instalación en el césped exterior de 1500 esferas de espejo que vendía a dos dólares cada una bajo el lema "Tu narcisismo a la venta". De esta manera, obligaba a la aristocracia del arte a pagar por su propio reflejo hasta que la policía la echó del predio.

Luego vinieron los happenings políticos, las performances con manifestantes desnudos en Central Park y las protestas contra la guerra de Vietnam. En estos casos, el cuerpo era un soporte táctico y no, mercancía. Los pintó con lunares para mimetizarse con el cosmos y desaparecer del radar del estado.

Fenómeno global

Su regreso a Tokio en 1973 pareció el repliegue definitivo de una guerrera exhausta, derrotada por la muerte de su gran amor y aliado, el ermitaño de las cajas Joseph Cornell, y por una mente que ya no distinguía el lienzo de la alucinación. Desde 1977, el Hospital Psiquiátrico Seiwa fue su residencia permanente y voluntaria. No era un encierro sino un laboratorio. Cruzar la calle hasta su estudio era el comienzo de la disciplina monacal donde el arte funciona como el único respirador artificial posible frente a la locura.

Yayoi Kusama en Tokio, durante una rueda de prensa en 2017. (EFE/EPA)

El siglo XXI la descubrió vieja, millonaria y convertida en un fenómeno global de masas: las filas interminables en el Malba de Buenos Aires para entrar a The Obliteration Room (2013) o el estallido de las redes sociales ante sus cuartos de espejos demostraron que el público contemporáneo necesitaba, finalmente, disolverse en su misma neurosis.

Hoy, 27 de agosto de 2026, su fundación comunicó su muerte que ocurrió el 14 de agosto en Tokio por una falla multiorgánica a los 97 años. Según se aclaró, "siguió pintando hasta sus últimos días, sin dejar nunca el pincel". Se fue la mujer, pero quedan los puntos: esa red infinita con la que tapó el mundo para no tener que verlo.

*Laura Isola es escritora, investigadora y curadora especialista en artes visuales y literatura.

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