El mes pasado, mientras el Mundial llegaba a su fin, se desarrolló en Washington una reunión que hubiera dado mucho material para nostálgicos de la Guerra Fría, arqueólogos y parasicólogos novicios. Sin embargo, como la presidió Marco Rubio, jefe del Departamento de Estado de Estados Unidos (EEUU), y contó con la presencia de su homólogo argentino, conviene reparar en el contenido y sus posibles consecuencias.
El encuentro, que fue preparado con meses de antelación, tuvo por objeto establecer pautas para intercambiar información y coordinar acciones contra el presunto resurgimiento del extremismo de izquierda. Asistieron altos funcionarios de EEUU, como el titular del Tesoro, Scott Bessent, y representantes de 66 países, en su gran mayoría diplomáticos de segundo o tercer nivel, salvo los enviados por Argentina, Letonia y Chile.
Los discursos pronunciados por los anfitriones presentaron aristas llamativas. Hubo reflexiones teóricas propias de otras épocas. También, referencias a organizaciones armadas que fueron disueltas hace décadas. Por ejemplo, a los Tupamaros y Weather Underground, un grupo norteamericano que motivó la novela Vineland del escritor Thomas Pynchon y, treinta y cinco años después, la película Una batalla tras otra.
El hilo conductor de las exposiciones apuntó a definir a quienes hoy pretenden recrear aquellas experiencias como la nueva y principal amenaza a la seguridad de EEUU y de las demás naciones que estuvieron presentes en la conferencia.
Sin embargo, expertos de prestigiosas instituciones como el Council on Foreign Relations, junto con destacados legisladores estadounidenses, objetaron dos aspectos centrales de esta convocatoria.
Por un lado, señalaron que los argumentos esgrimidos carecen de rigor técnico y datos fiables, lo que acarrea consecuencias potencialmente peligrosas. Por el otro, cuestionaron el intento de reorientar el foco que EEUU había puesto en el terrorismo yihadista y los supremacistas blancos.
En el primer punto, resaltaron las continuas ambigüedades en que incurren los responsables del Departamento de Estado a la hora de definir el terrorismo de extrema izquierda. Por momentos, mencionan de forma genérica o imprecisa a movimientos marxistas y socialistas. En otros, a nacionalistas, populistas y ecologistas radicales.
En esa dirección, subrayaron que la agrupación Antifa (antifascista), que la administración Trump tildó de “grave amenaza”, es una red informal que conecta mayormente a anarquistas y autonomistas que se oponen a extremistas de ultraderecha y neonazis, a los que suelen enfrentar en calles y bulevares europeos y en el mundo digital.
También señalaron que los cuatro grupos europeos que fueron caracterizados por el Departamento de Estado como organizaciones terroristas de izquierda no han sido catalogados de esa forma por las autoridades de esos países y que, por su naturaleza y accionar, no cuentan con una estructura jerárquica e integrantes definidos.
En Alemania, por ejemplo, uno de esos grupos, denominado Antifa Ost, no está considerado un desafío en la actualidad. Además, fuentes oficiales de esta nación informaron que, a pesar de que el accionar de la extrema izquierda ha aumentado en tiempos recientes, en los últimos años hubo más del doble de agresiones atribuidas a neonazis y extremistas de derecha.
En este punto, por cierto, los expertos y legisladores coincidieron en criticar que en Washington se hayan dejado de lado los esfuerzos destinados a controlar a los supremacistas blancos. Es decir, grupos o personas que sostienen que la raza blanca es superior a las demás y reclaman una posición dominante sobre las otras comunidades.
Al respecto, recordaron que buena parte de los manifestantes de esa orientación que asaltaron el Congreso de EEUU el 6 de enero de 2021 —cuando debía certificarse la victoria de Joe Biden sobre Trump— fueron indultados o se les conmutaron las penas a principios de 2025.
Además, remarcaron que los informes del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) y del FBI destacan que, aun cuando las tensiones en Medio Oriente pueden generar violencia de otros grupos, los ultraderechistas y los supremacistas estadounidenses representan el problema más apremiante debido a su arraigo y capacidad de operar en la sociedad norteamericana.
Esta combinación de ambigüedad en las caracterizaciones, ninguneo del verdadero peligro doméstico y escasas evidencias en contra de lo que se pretende combatir llevó a que analistas del Instituto Cato advirtieran que los objetivos expuestos en la cumbre podrían legitimar la persecución, la censura y la vigilancia de los opositores. Asimismo, agregaron que responden más a disputas internas de la Casa Blanca que a desafíos reales al orden público.
Aquí corresponde recordar que EEUU, de acuerdo a académicos como Geoffrey Stone, entre otros, transitó en el último siglo por períodos de persecución ideológica y vigilancia masiva. Por ejemplo, durante el llamado “primer susto rojo” (1917-1920), el macartismo (1947-1956) y las protestas contra la discriminación racial y la guerra de Vietnam (1956-1971).
Así las cosas, cabe preguntarnos si la presencia de altos funcionarios argentinos en ese encuentro, al que no asistieron México ni Brasil, fue una muestra más de seguidismo en política exterior y cuánto conocían de los compromisos que su alcance supone. Y también qué otros planes podrían estar en marcha sin que nuestra población lo sepa. El Gobierno tiene las respuestas.
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