Mucho antes de que la crisis hídrica se volviera un tema permanente en California, el oceanógrafo John D. Isaacs imaginó una solución de escala casi fantástica: remolcar icebergs antárticos hacia la costa del sur del estado para usarlos como fuente de agua dulce.
Isaacs, investigador de la Scripps Institution of Oceanography, se incorporó a esa institución en 1948 y, poco después, comenzó a pensar cómo aprovechar enormes icebergs de agua dulce del hemisferio sur.
La biografía académica de Isaacs, publicada en eScholarship de la Universidad de California, cuenta que el científico oyó hablar de icebergs antárticos de dimensiones enormes, algunos de unas 10 millas de largo y una milla de ancho, y empezó a pensar cómo podrían aumentar el suministro de agua de California.
Su propuesta incluía usar corrientes marinas para guiar el bloque: primero la corriente de Perú, luego corrientes ecuatoriales, después la Kuroshio y finalmente la costa californiana.
El final imaginado era tan audaz como el recorrido. Isaacs pensaba que el iceberg podría terminar estacionado detrás de Catalina Island, frente al sur de California.
El iceberg más grande del mundo, denominado A23a, visto en la Antártida el 15 de noviembre de 2023. Foto: Reuters
Por qué nunca llegó el iceberg
La idea de usar icebergs como fuente de agua potable suele atribuirse a un seminario que Isaacs dio en 1949 en Scripps, de acuerdo con un artículo científico publicado en Scientific Reports sobre remolque de icebergs hacia regiones áridas.
El plan no pasó de propuesta y discusión técnica. Una publicación del Journal of Glaciology recuerda que el interés moderno por remolcar icebergs se vio impulsado por un estudio no publicado de Isaacs que concluía que la idea podía ser factible, pero también dividía el problema en cuatro dificultades enormes: encontrar icebergs adecuados, calcular la potencia necesaria para moverlos, estimar cuánto hielo se derretiría durante el trayecto y evaluar si todo tenía sentido económico.
Isaacs consideraba que remolcar icebergs podía ser factible. Foto: AP
El mismo trabajo mostraba la escala del desafío. Para remolcar icebergs de gran tamaño harían falta fuerzas de arrastre muy altas, formas favorables, velocidades lentas y un control delicado de la pérdida por derretimiento. A velocidades realistas, los viajes podían durar 127 a 180 días en algunas rutas, y el agua cálida de los tramos finales hacía del derretimiento un problema central.
Estudios más recientes confirman que la idea sigue siendo técnicamente compleja. Scientific Reports modeló rutas hacia regiones áridas y mostró que, sin protección contra erosión por olas, los icebergs pueden perder gran parte de su volumen; con aislamiento o protección, la cantidad de agua entregable mejora, pero aumentan las exigencias de ingeniería.
La cifra de un iceberg de miles de millones de toneladas aparece en reconstrucciones modernas del plan y es coherente con las escalas discutidas en la literatura técnica, pero las fuentes académicas originales consultadas hablan sobre todo de dimensiones, volúmenes y factibilidad, no de un operativo ejecutado. Lo cierto es que ningún depósito congelado llegó a San Diego ni a Catalina.
En definitiva, Isaacs no resolvió la sequía californiana con un iceberg, pero dejó una idea poderosa: cuando falta agua, la imaginación técnica puede llegar hasta la Antártida. Su propuesta nunca se volvió realidad, aunque anticipó una pregunta que sigue vigente: hasta dónde puede llegar una sociedad para mover agua hacia donde más la necesita.
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