15/10/2026 11:37
Eduardo Castex 14°
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Elegio de los negocios de barrio

Elegio de los negocios de barrio

Hace pocos días pasé por casualidad por mi viejo barrio con el auto. Vi de soslayo la casa de pastas, un lugar vacío para estacionar y no dudé un momento. El local no solo es viejo

Hace pocos días pasé por casualidad por mi viejo barrio con el auto. Vi de soslayo la casa de pastas, un lugar vacío para estacionar y no dudé un momento. El local no solo es viejo, es antiguo. Dos grandes vidrieras ocupan el frente y al centro tiene una puerta doble de hierro. Podemos arriesgar que tiene cien años, de cuando la avenida donde está ubicado se empeñaba en ser señorial y respetable.

El interior es amplio, tiene azulejos en las paredes y mostradores generosos. Todo allí es generoso. La luz, los productos, la limpieza, el exhibidor. La heladera de madera, a las que llamaban comerciales, aún sigue allí con sus cuatro puertas y sus manijas cromadas. Algunas máquinas de mediados del siglo pasado, y una joven haciendo fusillis a manos con su fierrito. Y sobre el mostrador, un frasco repleto de kinotos en almíbar, redondos y orondos, se luce entre sorrentinos y raviolones de calabaza.

El muchacho que me atendió era la versión juvenil del hombre que me atendía todas las semanas veinte años atrás. La misma amabilidad distante, la misma paciencia y meticulosidad para hacer paquetes y cobrar. Y la misma deferencia de escribir en la caja de ravioles los minutos que deben hervirse. Mientras salía, calculé que entre la apertura del negocio y el joven que me atendió transcurrieron tres generaciones. Me gustó eso.

Me gustan los negocios de barrio. No lo digo por sentimentalismo. Cuando uno lo afirma corre el riesgo de evocar un almacén en la esquina, con un señor de guardapolvos impecable y un pasado pluscuamperfecto. Tampoco evoco esos que están detenidos en un mundo quieto y polvoriento, que tanto pueden inspirar nostalgia como dar pena.

Hablo de los negocios que elijo para mi compra diaria, que están cerca de mi casa, a los que llego caminando, que abren, cierran, y a veces perduran. Si me apuran, hasta incluyo en mi gusto a las itinerantes ferias municipales, esas que evocan los mercados antiguos. Y lamento que hayamos sido tan bárbaros y necios como para haberlos perdido.

Los negocios de barrio, o de proximidad como le dicen ahora, tienen para mí una dimensión sensata, y si me permiten decirlo, un futuro deseable. Sin romantizarlos, me gustan porque allí uno se siente todavía humano, y es tratado como tal. No disimulan su condición comercial, no trafican con eufemismos cuando se trata de precios y mercancía. No nos piden fidelidad ni nos ofrecen felicidad alguna. Están ahí para vender, y nosotros entramos para comprar, eso es todo y es suficiente.

Como decía al principio, entré a un negocio que vendía pastas, y lo ha hecho por tres generaciones en el mismo sitio, casi a la misma clientela. Ni unos se han vuelto ricos, ni los otros más glamorosos. Apenas proveen lo que se necesita, y no intentan que uno necesite lo que ellos deciden proveer. No crean necesidades, las resuelven. No está mal para un buen intercambio honesto entre personas.

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