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Norbert Bilbeny, filósofo y pintor: “El trabajo fundamental es el de la imaginación”

Norbert Bilbeny, filósofo y pintor: “El trabajo fundamental es el de la imaginación”

Los lectores habituados a ver su firma en las páginas de opinión del diario quizás ignoren que este catedrático de Ética y escritor prolífico es, también, pintor. Bilbeny vive a su

No aparenta ni de lejos Norbert Bilbeny (Barcelona, 1953) la edad que disfruta con entusiasmo, y no tiene que ver solo con su físico: su actitud vital es propia de alguien bastante más joven y sin duda es uno de los motores de su intensa producción literaria: su último libro, Universo y sentido (Anagrama), se publicó el año pasado, tiene dos más a punto para publicar –un ensayo sobre Jean Paul Sartre, para agosto de este año, y sus memorias de adolescencia, hacia octubre–, está a media redacción de otro sobre Friedrich Nietzsche y, para cuando lo acabe, ya planea reescribir, en un formato publicable, el diario de su visita al Sarajevo que sobrevivió al asedio serbio hace treinta años.

Tampoco la manera como se entrega al juego de posar ante la fotógrafa y propone actitudes y escenarios es la que alguien esperaría de un catedrático emérito de Ética con casi 50 títulos publicados, además de innumerables artículos académicos y de prensa –también en las páginas de opinión de este diario–. La sesión se lleva a cabo en un amplio estudio que Bilbeny comparte con otros artistas, sobre todo pintores, como él, en un viejo edificio fabril reconvertido para estos usos, en la zona industrial de l’Hospitalet de Llobregat. Porque, además de profesor y escritor, Bilbeny tiene una larga carrera como artista.

El espacio es amplio, y la luz entra generosamente a pesar de que el día de la cita se ha levantado gris y desapacible. El taller de Bilbeny es, de todos, el más pequeño, pero suficiente para manejarse con el caballete, las pinturas y los útiles del oficio y para guardar una pequeña colección de obras de diferentes épocas, incluida su producción más reciente.

Bilbeny prefiere la tela de saco al lienzo porque con ella, antes de empezar a pintar, el cuadro ya es “como medio escultura” Foto: IG/norbertbilbeny

Bilbeny prefiere la tela de saco al lienzo porque con ella, antes de empezar a pintar, el cuadro ya es “como medio escultura”

Bilbeny pinta sobre tela de sacos cuya procedencia confiesa al entrevistador, añadiendo una sonrisa de complicidad y un “pero esto no lo cuentes, que irán otros a por ellos y me quedaré sin suministro”. Aunque le dé más trabajo de preparación, le gustan la textura rugosa de este material y sus costurones, que le dan la sensación de que, antes de empezar la pintura, “el cuadro ya es como medio escultura”. Cuando coloca la arpillera sobre el bastidor, antes aún de darle la imprimación, esas cicatrices de yute o cáñamo le van insinuando cómo será el cuadro que surgirá sobre ellas.

Desde que hace más de veinte años, en un viaje a Estados Unidos, decidió que quería pintar –“acababa de ganar la cátedra y me encontré con más tiempo libre”, explica–, ha practicado la abstracción geométrica “porque no creo en la figura”, razona. Su formación es totalmente autodidacta, lo que no ha impedido que críticos reconocidos, como Juan Bufill, lo describan como “un buen pintor”, aunque admite que le cuesta vender su obra. Tampoco da la sensación de que el mercado sea el motor de su vocación.

¿Qué le aporta pintar?

Sentido demiúrgico, sentido de creación. Como en otras profesiones y oficios, en la pintura también existe el sentido de obra. El buen mecánico, el buen relojero, el buen cortador de carne o de jamón ibérico. El sentido de que has hecho algo. ¡Y si, además, lo consideras bien hecho, estás satisfecho! Eso no me pasa tanto con la escritura. Porque con la escritura trabajas con las ideas. Y las ideas son un riesgo. No sabes si adivinas, si te criticarán...

Pero la pintura, sí

Tengo un libro que se titula Tocar el mundo (Elba, 2023; en catalán, Tocar el món, Lapislatzuli, 2016) y habla de esto. Con la escritura no toco el mundo, me lo represento, lo imagino de una manera muy abstracta. En cambio, la pintura es una figura concreta, visible, táctil. Me gusta o no me gusta, dirá el espectador. Con la escritura, no: te pueden decir estoy de acuerdo o no estoy de acuerdo, o no me interesa lo que dices. Puedes generar un campo de opinión muy grande, empezando por ti mismo, porque puedes escribir una cosa un día y al cabo de un año encontrarla ridícula o anacrónica.

¿La pintura fue su primer contacto con la creatividad?

En mi juventud trabajé en diseño. Primero, en las sastrerías Élite y Sello de Barcelona, para hacer escaparates y anuncios, desde los 14 años. Y de los 16 a los 18 años, trabajé en la agencia de publicidad de Alexandre Cirici i Pellicer, en la calle Tuset, que estaba de moda en Barcelona; la llamaban Tuset Street y era un poco como Carnaby Street en Londres. En aquel tiempo conocí a Antoni Tàpies, que me recibió muy amablemente un par de veces en su taller. Y siempre que podía iba a galerías de arte. Es decir, que ya en mi adolescencia, hasta los 19 años, cuando entré en la universidad para estudiar filosofía, estaba dedicado al dibujo, al diseño, y me movía en el ambiente artístico de aquella Barcelona de finales de los sesenta y principios de los setenta.

Era un buen momento para el diseño en Barcelona. Foto: IG/norbertbilbeny

Era un buen momento para el diseño en Barcelona

Sí. Después trabajé en editoriales durante muchos años como corrector tipográfico y redactor. Y de allí ya pasé a la universidad como profesor en 1980 y ya no me he movido. Ahora soy catedrático emérito de la facultad de Filosofía, donde he sido decano. Y hago las dos cosas a la vez. Escribo mucho y publico bastante, tengo casi 50 libros publicados. Y pinto también.

¿No son cosas muy distintas?

Para mí no hay una diferencia sustantiva, porque soy la misma persona. No soy el Doctor Jekyll y Mr. Hyde. Yo soy zurdo, lo único que hago con la mano derecha es cortar con las tijeras y escribir, porque las monjas, cuando era pequeño, me obligaron a escribir con la mano derecha: me pegaban con la regla en la mano izquierda y me decían que era “la mano del demonio”.

¿Qué hay de su filosofía en su pintura?

Cuando pinto no pienso en mi filosofía, y, a la vez, cuando me dedico a escribir y a dar clases no estoy pensando en mi pintura. Pero porque no me hace falta. Si hiciera una cosa pensando en la otra, las estaría distinguiendo. Para mí son lo mismo, son un producto de mi persona, de mi imaginación, de mi fabulación. Nunca tengo la conciencia de estar haciendo solo escritura o estar haciendo solo pintura. No tengo esta conciencia.

¿Se considera imaginativo?

Soy bastante imaginativo. Creo que el trabajo fundamental es el de la imaginación. Para dar una clase, escribir un capítulo de un libro, pintar, necesito la forma, y la forma te la da la imaginación. Desde pequeño, cuando llegaba a casa del colegio, lo primero que hacía era coger papeles y dibujar. Toda la vida me la he pasado recogiendo papeles de donde sea para poder escribir o pintar. El papel, en mi vida, es consustancial. Cuando se puso tan de moda el vídeo, yo sufría por la literatura y por el papel, así que escribí Papers contra la cinta magnètica (Destino, 1985), un libro con el que gané el premio Pla y contraponía la cultura escrita y la digital.

¿Ha tenido alguna vez la tentación de escribir ficción?

Sí. Publiqué una novela sobre el tema del perdón, Tallaferro i Tocafusta (Lleonard Muntaner, 2011). Me sentí con una plenitud que no me da el ensayo. Es una novela con descripciones, con mucha imaginación. Después escribí otras narraciones con un fondo filosófico, pero no teórico, porque sería mortal para el lector. Y tengo otra publicada que se titula La vida avanza en espiral’ (Ariel, 2016). Es un médico que se jubila, recibe la visita repentina de un nieto y empiezan a hablar sobre la salud, el pensamiento, las incidencias de la vida, los fracasos...

Eso suena a diálogo filosófico

Claro, es que los filósofos tenemos el trasfondo de los diálogos de Platón y también la parte literaria de la filosofía. Sin esta parte literaria de la filosofía, yo no escribiría ensayo. Mi penúltimo libro, ‘Universo y sentido’, es un libro de filosofía de más de 700 páginas sobre el concepto de sentido en relación con la visión del universo. Para mí no hay filosofía sin literatura. Yo necesito el apoyo de la palabra y procuro trabajarla: el uso de los verbos, evitar la adjetivación excesiva, las repeticiones, etcétera. Y una parte de la literatura que creo que es la que me ha servido más para hacer ensayo es el periodismo, por la obligación de hablar corto, claro, completo y que guste o que llegue al lector. Cuando acabe el libro que tengo ahora entre manos, tengo pensado hacer una crónica del sitio de Sarajevo por los serbios en la década de 1990.

¿Por qué?

Porque después de la guerra estuve unos días allí y pude ver los destrozos que había provocado y hablar con la gente. Y eso no lo he publicado, lo tengo en el dietario que escribí allí. Y aquí tendré que utilizar no solo las ideas, sino también la parte narrativa, la crónica periodística... Espero que me ayude, porque tendré que describir aquel Sarajevo, poner sal y pimienta en mi dietario, contextualizando, narrando también. Para mí, eso es más difícil que el discurso abstracto del ensayo.

¿Por qué lo encuentra difícil?

Lo más difícil para mí es la descripción, que es lo que los buenos periodistas acostumbran a hacer bien. Describir un objeto, una persona, una situación. Ahora estoy escribiendo un libro sobre Nietzsche. Lo que más me interesa, obviamente, es la parte de su pensamiento, pero en eso más o menos salgo adelante, porque ya hace 50 años que me dedico a esto. Pero lo que es un desafío y me hace más feliz cuando doy por buenas un par de frases, no muchos más, es cuando describo alguna incidencia, algún aspecto del personaje, alguna escena de su entorno, alguna persona que él conoció. Y durante clases de filosofía, yo que llevo en esto más de 45 años, el momento que más me cuesta es cuando tengo que describir al filósofo o la filósofa, su libro o su contexto. Cuando me pongo periodista, tengo que evitar caer en el tópico, el barroquismo de la adjetivación, los lugares comunes, ser reiterativo. ¡Uau! En mi escuela había un profesor de literatura que nos decía, por ejemplo, describe un vaso de agua. Todo el mundo sabe qué es un vaso de agua, pero me tienes que explicar qué es sin utilizar esas palabras, “vaso de agua”. En octubre saldrán mis memorias de adolescencia en catalán. Se titularán Adolescència y recordarán de los 9 a los 19 años, la época más productiva e imaginativa de mi vida.

No para. acaba de terminar un libro, está escribiendo otro, ya tiene en la cabeza el siguiente y otro escrito que saldrá en octubre

Sí, el de Sartre ya lo he acabado, en el de Nietzsche ya estoy en más de la mitad. El de Sarajevo me pondré este verano. Bueno, es que soy escritor. Jorge Herralde, el editor de Anagrama, me preguntó en la última conversación que tuvimos: ¿tú eres grafómano? Le respondí, hombre, no, porque cada libro tiene un tema diferente. Pero, además, le dije, es que me gusta escribir, me siento escritor. Me dijo, con aquella sonrisa suya, no te ofendas, es que hay mucha gente que no puede parar de escribir, yo conozco unos cuantos.

La clave es ir cambiando de tema

Entiendo la pregunta de Herralde, pero si miras a los grandes de la literatura, o incluso del pensamiento, ves que, por ejemplo, el filósofo y sociólogo Jürgen Habermas publicó 50 libros. ¿Alguien llama grafómano a Habermas? Y no es que me quiera comparar con Habermas. Hay tantos... Edgar Morin, el pensador francés, tiene 102 años, acaba de publicar su último libro ahora. Tiene 60 o 70 libros. ¿A Morin, alguien le llama grafómano? Por no hablar de los clásicos como Baroja o Azorín.

Rafael Lozano

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