28/08/2026 07:46
Eduardo Castex
Impacto Castex
ESPECTACULOS

La nueva historia de Marcelo Birmajer: El caballo

La nueva historia de Marcelo Birmajer: El caballo

Sandra no puede terminar un dibujo y su madre le cuenta que soñó con su padre muerto. Encima, desaparece un cuadro y le aparece un candidato ¿cleptómano?

Sandra terminaba de dibujar el caballo. Aún le faltaba un detalle en los cascos. Quizá, también, en las crines. Luego ese prototipo sería utilizado para ilustrar cortinas, paneles, tapizados.

Sonó el teléfono. ¿Sería Damián?

Su hija, Renée, dormía en el semipiso de arriba. Sandra atendió con voz cauta. Aunque la distancia era suficiente, prefería no arriesgarse a despertarla.

Era su madre.

-Soñé con papá -le dijo-. Me decía que necesitaba reencontrarse.

-Mamá, dejate de soñar y volvé a dormir -la amonestó Sandra-.

Lo mismo le hubiera dicho su madre a ella, cuando Sandra era una adolescente o en su primera juventud. Daba consejos tautológicos.

“Dejá de soñar”. Nadie elegía lo que soñaba. Ni soñar. Tampoco olvidar algo o perder los anteojos.

“La próxima vez no te olvides. Mejor no los pierdas”.

-Papá me dice en el sueño que por qué no nos reencontramos. Yo le respondo que está muerto. Pero me mira como si eso fuera una excusa.

-Mamá, dormite -insistió Sandra-. Mañana todo esto será solo un sueño.

Renée se había despertado.

-Tengo que dejarte -le explicó Sandra a su madre-. Renée se acaba de despertar.

-Mamá -se restregó los ojos Renée-. Falta el dibujo del abuelo.

Sandra recibió el impacto de la noticia.

Le habían dicho que Damián era cleptómano.

Meses atrás, cuando en el grupo del gimnasio -al que también asistían madres del colegio- comentaron sobre los hombres de sus respectivos lugares de paso, Nadia compartió la sospecha de que Damián había robado un transportador y un muñeco de colección de Los Simpson. En dos casas distintas. No se lo consideraba un ladrón sino un cleptómano, una persona con una afección, una tendencia compulsiva.

Damián era el único viudo de entre los padres del colegio, y Sandra era divorciada. Hacía varios meses que surgía entre ambos una cierta afinidad. La infidencia de que era cleptómano había retrasado una reunión que incluía a Damián en casa de Sandra. Pero finalmente, guardando bajo llave las pocas cosas de valor que poseía en su casa, había permitido que Damián accediera, junto a otros padres y madres.

Sandra ayudó a Renée a volverse a dormir. Ella misma bajó a su habitación y cerró los ojos en su cama doble. Pero le costaba conciliar el sueño. Beto, su exmarido, había enmarcado en oro ese dibujo del padre de Sandra, Baltasar. Beto por entonces era dueño de una joyería en la calle Libertad.

Tres años atrás, luego de dar las explicaciones del caso, Beto se había marchado con una mujer bastante más joven, hija de un cliente. Mora, la muchacha, trabajaba para una empresa noruega procesadora de cítricos en la localidad de Escobar. A modo de ascenso, la habían llevado a Oslo, a ocupar un cargo de mayor jerarquía en la planta central.

Beto vivía allí con Mora.

Sandra había liquidado la joyería, sus ahorros estaban en el banco, y las pocas joyas restantes en una caja de seguridad. Pero si Damián le había robado el retrato de su padre... ¿Cómo había accedido a la habitación de Renée? Esa noche la niña había dormido en lo de su amiga Luana, por la primera piyamada de su vida. Tenía 8 años.

Damián había llegado, y también se había retirado, con el resto de los invitados. No habían estado solos en momento alguno. Pero recibirlo en la casa una noche sin Renée, la inquietó con algo de rubor.

Llevaba tres años apagada desde la partida de Beto.

Se durmió más centrada en su soledad que en el posible robo. En la cama, con el deshabillé, la respiración mansa, el cuerpo en el ritmo acompasado de la inconciencia, proyectaba una belleza secreta, aguardando un descubridor.

Al día siguiente, por la tarde, la llamó Damián. “Tenemos que hablar”, le dijo. La invitó a su casa.

Sandra sabía que era una locura. Pero no le temía. Pensaba que podía confesar su cleptomanía y pedirle ayuda. Confiaba en que le devolvería el retrato de su padre e iniciarían una relación transparente. No sabía por qué se le ocurría un adjetivo insensato: “adulta”. Llamó a su madre para que cuidara de Renée a partir de las siete de la tarde. Y cuando le pasó la posta, le dejó el teléfono y la dirección de Damián.

-Tengo que decirte algo completamente inesperado para vos -dijo Damián-.

Sandra anticipó en silencio: “Soy cleptómano. Sos la primera persona a la que se lo confieso”.

-Tu padre pertenecía a una Sociedad Secreta del Sol -explicó Damián-. Mis padres también. Nunca se lo confesó a tu madre. Pero la construcción del barrio de Los Carmones, estaba relacionada con la Sociedad Secreta del Sol. Tu padre y mis padres planificaron nuestra boda cuando ambos teníamos 8 años. Yo esperé a que se dieran las circunstancias. Es el momento de llevar a cabo sus designios.

Sandra porfiaba en procesar la información. Lo único que entendía era el preámbulo: completamente inesperado.

-¿Vos te robaste el retrato de papá? -se escuchó acusar-.

Damián hizo que no con la cabeza:

-¿Qué retrato?.

Sandra lo confrontó con la mirada.

-No, claro que no -insistió Damián-. ¿Cómo se te ocurre?

Y en un tono suave y convincente agregó:

-¿Qué decís a mi propuesta?

Sandra no sabía si creer o no en su declaración de inocencia. Tampoco descartaba la veracidad de aquel contubernio fabricado por su padre tantas décadas atrás.

Baltasar era agrónomo, creador de montes comestibles, viajero internacional. Había levantado un barrio “auto sustentable”, Los Carmones, en el sur lejano del Gran Buenos Aires. Había fallecido en acción, buscando vías de potabilización del agua en el Congo.

Una combinación de factores, entre los que no era el menor los tres años de abstinencia, conjuraron a Sandra y Damián en la repetida ceremonia “adulta”. Sandra, apenas después, no lo podía creer.

Solo de regreso a casa Sandra se preguntó si no habría compartido intimidad con el ladrón del retrato de su padre.

Pero en su casa, a las diez de la noche, su propia madre, Dora, le reintegró el retrato. Sandra, se dijo, había estado a punto de cometer una injusticia monumental.

-No sé por qué me lo llevé -explicó Dora-. Necesitaba estar con tu padre. No sabía cómo. ¿Por qué no te lo dije? No sé. Estoy mal, hija. Ya no puedo vivir sola. Vendí la casa. Vendré a vivir contigo.

Eso no descartaba que Damián hubiera podido robarse el transportador y el muñeco de Homero.

Sandra mantenía la equidistancia. Pero Damián la acompañó gentilmente al barrio Los Carmones, donde Sandra ponderaba poder dejar a su madre al cuidado de los vecinos, un eufemismo práctico de un geriátrico. Allí el administrador general le confirmó los planes de Baltasar y los padres de Damián. El documento, en un extraño papiro, incorporaba el pronóstico de dos hijos para esa pareja. Damián sonrió insinuante. Sandra solo se ruborizó. Cuatro meses después, sin repetir, Sandra supo que estaba embarazada de mellizos.

Ese mismo anochecer, al regresar a casa, donde provisoriamente vivía su madre, la aguardaba Beto.

Llevaba dos semanas en CABA. Mora lo había desterrado.

Le habían dado un trabajo consuelo en la Fundación en Campana de la empresa noruega procesadora de cítricos. No eran las mejores cartas de presentación, pero quería reemprender su vida en común.

Sandra osciló mentalmente entre ese palurdo y el orate cleptómano de la Secta Secreta del Sol. Su madre le preguntaba a los gritos si quería un té.

-Estoy embarazada de mellizos -le dijo Sandra a Beto-.

-Me hago cargo de todo -replicó Beto sin hesitar-. Seremos una familia ensamblada.

Sandra se lo quedó mirando como si fuera un equeco.

Cuando nacieron los bebés, Lidia y Manuel, Sandra ya había confirmado que Damián era un cleptómano. Dora se quedó a vivir en el cuarto de arriba, con dos cuidadoras. Renée estaba encantada con sus hermanitos. Beto debió aceptar un trabajo estable en Tucumán. Sandra, en su reforzada soledad, terminó de dibujar aquel caballo. Recién en ese instante, se sintió libre para decidir.

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