Estudiantes de Arauz concurrieron a una audiencia de Subzona 14 II

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Los estudiantes de 5 y 6º año del Instituto José Ingenieros, de Arauz, presencian la audiencia de este miércoles en el juicio. El día anterior los jueces recorrieron los sitios de la represión en el pueblo.

La audiencia del juicio de la Subzona 14 II se desarrolla este miércoles con un salón colmado. Por primera vez, los estudiantes del colegio de Arauz, que fue copado y parte de sus profesores secuestrados durante la dictadura, presencian el debate. También hay una delegación de estudiantes secundarios de Alta Italia.

Además, participa de la audiencia el querellante Guillermo Quartucci. El profesor vive en México desde la época de la represión. El martes volvió a dar una clase en el aula donde fue secuestrado hace 43 años. Pidió ampliar el testimonio que había prestado al principio del juicio, el año pasado.

Los testigos de la jornada tienen relación con aquel operativo represivo en la localidad del sur provincial, desarrollado el 14 de julio de 1976. Entre ellos, declara la querellante Graciela Bertón, cuyo padre era un mecánico del pueblo, Samuel, que colaboraba con el colegio desde la comisión de padres y fue secuestrado y torturado ferozmente por los represores. Murió antes de los juicios por delito de lesa humanidad.

En primer lugar, Graciela Leonor Bertón, refirió los padecimientos de su padre. Dijo que el día del copamiento ella fue al colegio y la secretaria les informó que “el colegio está en manos del Ejército Argentino”.

Un compañero le dijo que traían “una lista y entre los que se van a llevar está tu viejo”. El padre de ese chico fue uno de los denunciantes civiles ante los represores. “Ya se sospechaba en el pueblo que algo iba a venir. El ambiente político estaba enrarecido, íbamos seguido a Bahía Blanca y no era raro ver coches con armas largas saliendo por la ventanilla, había habido asesinatos, no nos agarró totalmente por sorpresa, había animosidad contra el colegio y contra algunas personas que eran señaladas por filiación política, nos conocíamos todos, pero sí me shoqueó enterarme que se iban a llevar a mi papá”, recordó. “Mi papá de todos modos creía que iba a poder explicar quién era, nunca pensó que iba a pasar lo que pasó”, confió.

Al padre lo detuvieron dos policías locales cuando iba en la camioneta al campo del presidente de la comisión para avisarle lo que sucedía en el colegio. Lo llevaron a la comisaría, luego lo vendaron y esposaron y lo golpearon a trompadas con guantes de boxeo. Lo interrogaron porque “era comunista, marxista” pero él respondía que “era peronista de Perón y que no había hecho nada malo, solo trabajar en el colegio por el bien del pueblo”.

A la tarde lo trasladaron al puesto caminero, donde le aplicaron picana eléctrica. Lo atormentaron más cuando se dieron cuenta de que se había escapado uno de los secuestrados, el profesor Guillermo Quartucci. Luego lo trasladaron a la Colonia Penal de Santa Rosa, según se enteraron varios días después los familiares. Lo pudieron visitar después de una semana. A partir de la entrada a la cárcel dejó de sufrir tormentos. “Él agradecía a esas personas que en ese momento mostraron signos de humanidad. Rescato que mi papá podía rescatar lo positivo hasta de las peores situaciones”, subrayó.

Sin embargo, lo sacaron dos veces en la Primera y dos represores lo torturaron, uno “con una voz grave y otro con una voz aflautada”, con una bolsa de nylon en la cabeza, la práctica del submarino seco.

Samuel Bertón estuvo preso 45 días y contó sus padecimientos en una declaración en una escribanía, años después, antes de morir. Graciela se basó en ese documento para relatar los hechos. No pudo reconocer a sus torturadores porque siempre estuvo vendado.

“Mi papá fue secuestrado y liberado en términos de absoluta ilegalidad. El único documento que tenemos de eso es un legajo de la comisaría de Arauz donde dice que estuvo a disposición de la Subzona 14. No dice por qué. Nunca se le explicó nada. Nunca supo por qué estuvo ahí”, señaló.

La mujer recordó que su padre salió “totalmente vulnerable” y pasó de ser una persona alegre y afable a alguien que “se escondió en el mutismo absoluto”. “Se tenía que cruzar todos los días con las personas que lo habían denunciado. Todos sabían, pero ese silencio se mantuvo hasta el día de ayer. Fue una tortura, para mi también, tener que seguir yendo a ese colegio. Mis compañeros me acosaban permanentemente por ese tema. Mi papá salió en carne viva”, describió.

“Se tuvo que comer toda la dictadura, fue un estrés absoluto que lo fue enfermando y tuvo un cáncer fulminante que se diagnostica ya venida la democracia, en diciembre del 83, y en el 84 murió. Ya moribundo, tuvimos la presencia de espíritu de plasmar en un caset su testimonio escrito, luego lo hicimos por escrito, él le dio un visto bueno y con ese texto lo llevamos en un taxi ante un escribano para aportar su declaración que se presentó en este juicio en 2010. Eso requirió de mucha valentía, él era consciente de que estaba muriendo, era en ese momento o nunca. Él mismo tuvo representación en este juicio, y él dijo que no lo movía revancha ni venganza, sino dejar un precedente de que no pase nunca más eso y que las diferencias se diriman en la justicia. Y que si alguien es denunciado se pueda defender”, explicó.

“Bregamos porque la justicia llegue a los denunciantes civiles, porque la mano de obra fueron los que secuestraron y aplicaron la picana, la excusa que encontraron fue la denuncia de los propios pobladores, de algunos del pueblo, que rápidamente la usaron para desarrollar ese operativo totalmente dantesco y absurdo para lo que era el pueblo y el colegio. De todo lo que buscaban no encontraron nada”, resumió.

La mujer recordó que su casa estaba llena de libros porque su padre “era un gran lector”. Y que todos los chicos del pueblo iban a buscarlos para hacer sus trabajos.

Bertón mencionó a Ricardo Rostán como uno de los “informantes” civiles, que era familiar de su padre y además compartía el credo valdense en la iglesia de la localidad. “El hijo fue a darle una mano un día y no se la quiso dar. ‘Lo que hizo tu papá no tiene perdón y vos también estuviste involucrado’, le dijo”, recordó. “Fue al velatorio de mi padre, se me revolvió el estómago cuando lo vi sentado ahí y le dije que se retirara. Fue la última ofensa que le hicieron. El hizo el nexo con el Servicio de Inteligencia Naval de Bahía Blanca para denunciarlos, que hicieron inteligencia y después pasaron el informe a la Subzona 14 como que el colegio era un nido de guerrilleros”, señaló.

Finalmente, manifestó el orgullo por su padre que “nunca nos transmitió su miedo y me permitió crecer en libertad” y por la intención de “redimir” lo sucedido de las personas que testimonian en los juicios que “sabían” lo que pasaba. Y agradeció “a lavida” que le permitió declarar después de estar al borde de la muerte el año pasado y a los estudiantes que ejercieron el “derecho” a conocer la historia. Un sonoro aplauso de los jóvenes que la escucharon en la sala cerró su declaración.

Un alumna del colegio

Por otra parte, declaró Gloria Dalmás, que en julio del 76 era alumna del colegio, recordó el operativo. Dijo que una persona que se presentó como interventor ese día la buscó en el aula y la llevó a la comisaría luego de pasar a buscar a los padres. En una sala oscura, una persona que no conocía -no era un policía del pueblo- en una mesa grande la interrogó sobre el vínculo y la actividad de los profesores. “Éramos jóvenes, 17 años, un colegio hermoso, una orientación agraria que la habíamos elegido entre toda la comunidad y que se fue haciendo con nosotros”, dijo.

“Yo le dije que era lo más normal, tener ese vínculo, trabajar de esa forma, sin tanta distancia entre el profesor y el alumno, con respeto. No preguntaban por contenidos, insistían con el vínculo”, apuntó.

Relató que le pidieron que deje las carpetas y nunca se las devolvieron. “Me hacian una pregunta, me dejaban sola, después volvían y me repetían la misma pregunta. Después me llevaron a la cocinita de la comisaría, que ahí me encontré con otros compañeros”, detalló. Esa noche allanaron su casa en búsqueda del profesor que se había escapado. Los represores rompieron una biblioteca y buscaron hasta en el moises de una sobrinita. “Fue horrible. Esto fue un miedo (que dura) al día de hoy. En mi pueblo había más policías que personas viviendo esos días”, graficó.

Después en dos oportunidades tuvo que viajar a Santa Rosa para presentarse. Terminó ese año sus estudios y se fue de la localidad. No volvió a Santa Rosa desde esa vez hasta este miércoles, para testimoniar.

Un simulacro de fusilamiento

También declaró este miércoles Marta Bertinat contó que había vivido en Arauz, pero por su profesión de Geóloga, al momento de los opertivos en el colegio, vivía en la localidad de Zapala, Neuquén, donde se desempeñaba en la Dirección Provincial de Minería.

Dijo que entre los días 15 y 18 de julio de 1976 viajó a Jacinto Arauz para visitar a sus padres y allí le advirtieron que la habían buscado de la misma manera que al resto de los que habían resultado detenidos, que habían allanado ilegalmente su vivienda en Neuquén y a raíz de todo ello le aconsejaron que se presentase en la Comisaría del pueblo antes de seguir viaje.

Al presentarse en la Comisaría le dijeron que en realidad se debía presentar en la Seccional Primera de Santa Rosa, donde fue detenida junto a su esposo durante varios días. Estuvo en una celda, la desnudaron, “me toquetearon toda”, pidió un abogado y se lo negaron. Luego le hicieron poner la ropa de nuevo y un policía joven la llevó a un pasillo y le dijo que firme una declaración, en la que admitía que la habían declarado por estar indocumentada. “Sacó un arma, se la afirmó en la cabeza y me dijo ´como quieras’. Obviamente que firmé”, contó.

Luego de varios días sin bañarse, apareció alguien que se presentó como “el comisario de lugar”, que le informó que su marido también había sido detenido. “Las noches eran bravas porque se escuchaban gritos desgarradores. Cuando empezaba la tortura, prendían la luz, abrían la puerta, yo pensaba que me tocaba a mi. Felizmente nunca me llevaron, pero fue una guerra sicológica. En general eran gritos de hombres, pero una noche fue una mujer y mi marido pensó que me tocaba a mi. En la desesperación él empezó a golpear en una pared y hacía un ritmo de una musiquita de una película que habíamos visto. Yo le contesté, el final de esa musiquita, y de esa forma nos empezamos a comunciar. Y eso le dio la tranquilidad de que no era yo”, rememoró.

La segunda vez que la interrogaron se dio cuenta que “sabían de mi vida mas que yo”. “No tenía nada que ver con el colegio, me preguntaba por qué me habían detenido. Entre las cosas que me decían, había un señor que ya murió que siempre me saludaba ‘qué haces zudita’. Esa noche me gritaban, me volvían loca, y una de las preguntas era por qué me decían zurdita. Creo que a veces en los pueblos se va un poco la lengua y la imaginación y eso trae consecuencias terribles. Creo que el motivo fue una difamación del pueblo donde nacié y me crié hasta la adolescencia”, deslizó.

Después de varios días de visita le permitió mandarle una carta a su hijo. Fue liberada después de varios días.

Más testigos

También declararon Roberto Carlos Prado y Nélida Santajuliana.

 

 

El Diario de La Pampa

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