El músico sorprendió a todos con su regreso a los escenarios. Pero también sorprendió por la vigencia de su performance. Charly alternó sus nuevas canciones con sus clásicos, que fueron acompañados fervorosamente por un público mayoritariamente joven.

A 11 meses de su último recital (el único que dio formalmente en 2017, para casi 400 personas), en la sala Caras y Caretas de la calle Sarmiento, Charly García regresó anoche a los escenarios porteños. Lo hizo en el Teatro Coliseo, su primer gran aforo en mucho tiempo, y, al igual que sucedió hace casi un año, el anuncio del show tomó a todos por sorpresa. Aunque esta vez fue el productor de la fecha, José Palazzo, organizador asimismo del festival cordobés Cosquín Rock, el que encendió las expectativas el martes al advertir, a través su cuenta de Twitter, que las entradas estarían disponibles a las 11 de la mañana del día siguiente. Y apenas se pusieron a la venta, se agotaron en cuestión de media hora. Quizá menos. Sin embargo, según aseguró el propio promotor, y para alivió de los fans del músico, éste fue el primero de una serie de recitales.

“La Torre de Tesla” fue el título del recital en el que, a diferencia de lo que sucedió el año pasado, donde presentó de forma no oficial, y ajustándose al orden de la lista de temas, su flamante álbum, Random (2017), García alternó sus nuevas canciones con sus clásicos. Pero en contraste con aquella ocasión, en la que la mística y la historia pesaron por sobre la contemporaneidad, el artista demostró esta vez no sólo la vigencia de su obra, sino también de su performance. A pesar de las limitaciones físicas que padece en la actualidad. Ante un público en su mayoría joven, que no paró de arengar desde el vamos, lo que puso a prueba el mito que gira en torno a su genio y figura, el músico inauguró su repertorio con “Instituciones”, de Sui Generis, al que le siguieron “Cerca de la revolución”, “La máquina de ser feliz”, corte de su trabajo más reciente, y un track nuevo: “King Kong”.

El ex Serú Girán inició su recital pocos minutos después de lo pautado, lo que generó la angustia de los que aún se encontraban esperando para ingresar en una puerta controlada, vallada y con las cámaras de televisión atentas a cualquier incidencia. Adentro, mientras tanto, García, sentado y rodeado por sus teclados a la izquierda del escenario, hacía sonar, en complicidad con el Zorrito Quintiero, situado en el otro extremo, “Rezo por vos”. Aunque antes manifestó, con ese humor lúcido y filoso que lo distingue, “¡Cuánta civilización!”. Acto seguido, introdujo “Otro”, incluida en Random, y rescató “Reloj de plastilina”, una de esas canciones que, pese a que no tomaron la forma de himno, mostraron el tenor artístico del cantautor. Después sonó “Yendo de la cama al living”, y brotaron las nuevas “In the City” (interpretada enteramente en inglés y bien en la órbita de Steely Dan) y “Sádico”.

Luego de “Me siento mucho mejor”, García, apoyado por un grupo impecable que completaron Rosario Ortega en coros y sus sempiternos músicos chilenos, desempolvó “Promesas sobre el bidet” y estremeció con “Demoliendo hoteles”. A la que despidió, al igual que sucedió a lo largo del recital, con sumo agradecimiento. Si bien bajó el telón, nadie se movía del mismo teatro donde el artista presentó muchos años atrás a La Máquina de Hacer Pájaros. Ni siquiera invitados como Fito Páez, Oscar Ruggeri o Palito Ortega. Diez minutos más tarde, tras el arengue de la “banda de Say No More”, y con una réplica de la Torre de Tesla erigida en el escenario, el bigote bicolor, para coronar una vuelta preciosa, regresó para hacer “Los dinosaurios, ·”Rock and roll yo”, “Fanky” y “Pecado mortal”. Lo que dejó al público aún más eufórico. Pero ya estaba: Charly había plantado la bandera de su reinvención.

 

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