Por: Dr. Eduardo Silvestre (*)

Los últimos meses del año traen aparejado una serie de situaciones que generan incertidumbre en todos los integrantes de la familia. Por las características de nuestra cultura es época de replanteos existenciales: ¿Cómo me fue este año? ¿Cómo me va a ir el próximo?, ¿Quiénes estamos? ¿Quiénes no están? son algunas de las preguntas que todos nos hacemos.

Sin embargo, algunas personas, debido a una conjunción de factores genéticos -predisposición biológica- y otros adquiridos en función de su experiencia de vida –factores psicológicos y sociales-, no cuentan con las herramientas adecuadas para afrontar estas situaciones conflictivas. Su capacidad de respuesta se ve superada, la totalidad de su organismo acusa el impacto. Finalmente, aparecen síntomas, tanto psicológicos como corporales, y finalmente enferman.

Enfermarse por estrés depende más de la persona que de la situación en sí misma, del significado que cada persona le otorgue a la situación que considera que amenaza su bienestar. Ese significado estará condicionado por la historia personal del sujeto y por lo “aprendido” a lo largo de su vida, teniendo particular importancia sus relaciones vinculares y sus experiencias tempranas. Y es precisamente eso, sobre lo que podemos actuar. Hay situaciones que no se pueden resolver (el fallecimiento de un familiar). Debemos diferenciar “reacción o respuesta al estrés” de “estrés enfermedad”. La reacción de estrés es una respuesta natural y no necesariamente nociva. Enfermarse por estrés es más complejo. Y como se dijo anteriormente, depende de factores biológicos –predisposición genética- psicológicos –experiencias de vida-, sociales y culturales.

Cuando se dice que una persona tiene estrés, se quiere significar que algo anda mal, que algo se ha desacomodado. Esa persona tiene una respuesta de estrés desadaptada, desequilibrada, disfuncional. Esa respuesta anormal tiene 3 características distintivas:

1) es exagerada –demasiado potente
2) es muy sensible (se dispara muy fácil, incluso cuando no hay peligro real)
3) No se apaga cuando la amenaza desaparece

¿Y los niños no enferman de estrés?

La respuesta anormal al estrés de los adultos generalmente se inicia en la niñez a partir de un suceso traumático significativo. Esta forma de responder de manera desadaptada a las situaciones de conflicto se “aprende corporalmente” durante los primeros años de la vida. Mientras más temprano ocurra la experiencia traumática –una situación de maltrato, por ejemplo- mayores serán las posibilidades de que se desarrolle una respuesta de estrés desadaptativa. Por ese motivo resulta sumamente importante detectar las respuestas de estrés anormales tan temprano como sea posible.

A continuación, describiremos algunos síntomas y síndromes que se presentan durante la infancia y la adolescencia y que nos hacen sospechar una respuesta de estrés anormal.

En el lactante

· irritabilidad

· llanto inconsolable

· trastornos de la alimentación

· mal progreso de peso

· trastornos del sueño

· espasmo del sollozo

En la primera infancia y segunda infancia

· problemas de conducta diversos

· trastornos de la alimentación

· trastornos del sueño

· trastornos gastrointestinales

En la adolescencia

· Trastornos psicoafectivos (Ansiedad, Depresión)

· Colon Irritable

· Dolor de cabeza crónico

· Desmayos repetidos

· trastornos de la conducta alimentaria severos

· cansancio crónico

· intolerancia al ejercicio físico

Finalmente cabe destacar que las personas adultas que padecen estrés crónico tienen mayor probabilidad de padecer enfermedades graves e invalidantes como infarto de miocardio, hipertensión arterial, accidentes cerebrovasculares, diabetes tipo II, entre otras pasibles de requerir internación domiciliaria. De allí la importancia de su identificación durante la niñez.

Solo con la voluntad de tomar las cosas de otra manera a veces es insuficiente. Busque ayuda, desarrolle lazos vinculares fuertes y sostenidos.

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