Esta nota fue publicada en la edición del domingo 10 y enviada por nuestros corresponsales en Bernardo Larroudé. Sin embargo, como es una situación que se ha generalizado en gran parte del territorio provincial como consecuencia de la cantidad de hectáreas inundadas, quisimos refrescarla como testimonio que no es una apreciación antojadiza y casual, producto de desavenencias políticas ni electorales. Constituye una realidad que nos aqueja y preocupa a todos los pampeanos y en particular a los habitantes de esas localidades y zonas afectadas .

Hace tiempo que venimos notando que en el ejido de Bernardo Larroudé cada vez son menos los trabajadores rurales, y lo mismo ocurre con personas que viven en establecimientos.

Uno de los motivos, y un factor determinante, son las inundaciones que castigaron cruelmente a esta región, como a otras de nuestra provincia, y en la que muchas hectáreas se encuentran totalmente anegadas.

Por lo tanto los productores de la zona están condenados a reducir sus gastos, y lógicamente esto repercute sobre la cantidad de trabajadores que pueden estar en los establecimientos, por lo que disminuye considerablemente la cantidad de empleados rurales, afectando a los mismos y a su grupo familiar.

Tratamos el tema con productores de esta zona pampeana, todos coincidieron en que la situación es cada vez más difícil, y se hace imposible poder mantener trabajadores permanentes por los costos. Por lo tanto, muchos se arreglan ellos mismos, como pueden, con la ayuda de familiares o contratando eventualmente en algunas oportunidades a alguna persona, pero para realizar trabajos puntuales.

Nos decía un productor que esta merma de trabajadores rurales en los campos, no solamente se dio de golpe como resultado de las inundaciones, si no que viene ocurriendo desde hace aproximadamente 10 años. Esto relacionado también a que muchos establecimientos fueron arrendados por contratistas rurales, y en muchos casos los mismos ni siquiera residen de la zona.

Otro de los productores que consultamos comentó que también han influido otras circunstancias como, por ejemplo, falta de políticas relacionadas con la defensa de la producción. Esta persona nos recordó que en otros países para sembrar algo se debe pedir autorización, y los gobiernos en defensa de la producción autorizan o no los determinados cupos permitidos.

Lo cierto es que ya no vive gente en los establecimientos, al menos como sucedía años atrás. Las fuentes consultadas brindaron un panorama en lo que respecta al ejido de Bernardo Larroudé, donde se puede hablar que en alrededor de 35 mil hectáreas, no llegarían a 20 los trabajadores rurales permanentes en los distintos establecimientos en total.

Lógicamente esto fue cambiando el sistema de vida de las familias que vivían como empleados de esos establecimientos, debiendo regresar a sus respectivos pueblos, y tener otro tipo de actividades, para los que en algunos casos no estaban preparados, y debieron adaptarse a las circunstancias.

Las municipalidades hicieron de contención, algunas veces, y, en otros casos, no quedó otra alternativa de luchar para poder estar dentro del sistema que les tocaba vivir.

No es un hecho aislado, sucede en muchos lugares. Solo estamos describiendo una situación que se da en los alrededores de Bernardo Larroudé, mientras escuchamos los problemas de los productores, los más directos conocedores del problema, que a su vez debieron soportar las inclemencias del clima.

Nos decía un viejo productor de nuestra región que “pensar que existían establecimientos que parecían un pueblo por la cantidad de gente que trabajaba y residía en ellos”.

Pues varios son los motivos por lo que se llega a esto, y debemos reconocer que estamos en una zona donde si la actividad agropecuaria no funcionas a pleno, por diversos motivos, estamos complicados.

Este informe es parte de un seguimiento que desde esta corresponsalía de La Reforma hacemos desde hace algún tiempo, en el que queda en claro por qué se resiente la economía de nuestros pueblos.

Localidades desiertas

El éxodo en las zonas rurales no deja de ser una seria y profunda preocupación para los escasos habitantes de las pequeñas localidades pampeanas, las que cada día ven mermar su población.

Los comercios están sufriendo en sus economías la decisión de muchos de realizar sus compras en centros más poblados, o con mayores ofertas, y que repercuten en el menor consumo local.

A eso se suma la migración de los trabajadores rurales e incluso de los pobladores de los cascos de estancias y establecimientos agropecuarios que no pueden -por efecto de las inundaciones- levantar su producción o realizar las nuevas.

Los jóvenes emigran también a centros más poblados o a ciudades universitarias, por lo que muchos deciden acompañar a sus hijos mudando su residencia.

¿Cuál será el futuro de muchas de estas pequeñas poblaciones? Una angustiante incógnita que el tiempo develará.

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