Cuando habla y cuando calla, dice. Sin mover un solo músculo de su cara, sugiere. Dice ser feliz sin soltar una sonrisa. Asegura no ser tan inteligente por fuera de su talento para la pelota, mientras lanza ironías y cosecha poder. Mide sus fuerzas contra rivales sin importarle la talla. Tiene una serie de códigos y de valores que parecen haber sido grabados por su puño y letra. Es un magnífico estratego, fuera y dentro de la cancha. En el arte de jugar con una pelota es único e irrepetible. En el oficio de declarar es artero y lacerante. Hace distinto lo común y genera que nada sea indiferente. Mientras muchos dudaban de la cantidad de partidos que iba a jugar en la B Nacional con Argentinos, ayer cumplió su décimo partido consecutivo. Buena fórmula para silenciar a sus detractores y consolidar su estrategia para recuperar su lugar lejos de la Paternal. Porque en el código Juan Román Riquelme, todo es posible.

Revolucionó Jujuy. Con Argentinos viajó al norte de la Argentina para intentar darle al equipo que lo vio nacer el pasaporte para retornar a primera. Es una misión que encierra muchos significados para él. Que no sólo tiene incidencia directa en Boyacá y Gavilán, sino que resuena en La Boca. Porque sabe bien que cada uno de sus pasos reverberan en la Bombonera, aun cuando ya no se escuchan pedidos encendidos por su regreso. Porque no fue casual que Román, después de haberle dado la clasificación al Bicho para la semifinal de la Copa Argentina, con dos ejecuciones de penal -una picando el balón-, tomase un micrófono para hablar, entre otras cosas, de… Boca.

Para comprender cómo actúa el último estandarte del fútbol estético, hay que leer cómo se mueve

Puede dibujar la maravilla más absoluta con la pelota debajo de su suela, pero también puede generar las mismas reacciones cuando necesita que sus pensamientos sean escuchados. Porque desde que llegó a Argentinos, comenzó a pensar en cuándo y cómo volverá a Boca. Más allá de haber dicho, con un evidente dejo de despecho por su salida de la Ribera, que gracias a la entidad de la Paternal “su familia tiene para comer”, Riquelme mantiene en silencio el sabor agrio que le dejó la última batalla con Daniel Angelici.

Para comprender cómo actúa el último estandarte del fútbol estético, hay que leer cómo se mueve. Físicamente está poniendo su talento a disposición de Argentinos, como ayer en Jujuy, pero su alma, evidentemente herida, está en otro lado. Y en cada una de sus palabras se advierte que todavía no digiere el no poder seguir jugando a “su” gusto en el jardín de su casa. “Boca es mi casa. Hasta que no me supere otro jugador y que juegue más de 205 o 206 partidos en la Bombonera como yo, será el jardín de mi casa. Soy el que más partidos jugó en ese estadio. Yo lo amo a Boca. Es lógico. Boca-Riquelme, Riquelme-Boca. Lo único que quiero es que Boca juegue bien y gane. Ojalá que los muchachos nos den una alegría muy grande a los hinchas. Pero corre mucho, pelea mucho y juega poco.”

Dentro del universo Riquelme, todo parece tener un porqué y todo luce complejo como el teorema de Fermat. Porque Román tiene la capacidad de poner su cuerpo en la Paternal y su cabeza en Boca..

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