Sociedad

Cambio de vida Mundos íntimos. Crecí como chico rico hasta que mi familia quebró y aprendí qué significa ganarse el pan y pisar el barro

Del country a un cuarto alquilado. Dejó el exclusivo colegio privado, vivió la separación de sus padres y buscó una nueva forma de ganarse la vida. Hoy -asegura- daría todo por volver a la cancha con su viejo.

A mis quince años, conocí el derrumbe. Mi familia cayó desde bien alto y se hizo escombros. Papá, estafado y afectado por el corralito, había quebrado su empresa en 2001 después de cuarenta años de sacrificio. Mamá, en tanto, agonizaba en terapia intensiva tras estrellar su auto contra el guardarraíl de una autopista. Por lo que respecta a mi hermana y a mí, nos tocaba enfrentar un desclasamiento que implicaba saltar los muros del country El Carmen donde vivíamos y el perímetro de uno de los colegios más burgueses de la Argentina: el St. George’s College de Quilmes. Nuestra asistencia a dicha institución no significaba que mis papás tuvieran delirios de grandeza sino que creían fielmente que la educación era el mayor legado que podían dejarnos. Sin embargo, el mundo nos esperaba como un león a su presa, con las fauces bien abiertas.

Un mes antes del 11-S , yo estaba en la casa de un amigo en el country. Un barrio privado habitado por gente de clase media-alta de la zona sur del conurbano, en el que mi familia había construido un caserón.

Ideal. Felices, sin nubarrones que los acecharan.

Ideal. Felices, sin nubarrones que los acecharan.

Esa tarde, cuando sonó el teléfono, creo que con mi amigo Leandro mirábamos un partido del Nacional B en la tele del comedor mientras tomábamos chocolatada. Yo no vivía en esa casa, pero la llamada era para mí. Fue la mamá de Lea la que me abrazó y me apretó la cabeza contra su pecho mientras me desahogaba en un llanto. Que había sido grave, pero que mi mamá iba a estar bien, repetía. Que se había quedado dormida cuando manejaba en la autopista Buenos Aires La Plata, mano a Capital, detallaba. Sin embargo, la verdad era otra, pero yo siempre lo llamé “el accidente”. Lo cierto era que agonizaba en la sala de terapia intensiva de un hospital porteño. Cuando la visité un día más tarde, estaba irreconocible.

De esas horas tengo el recuerdo de un abrazo incondicional e infinito con mi hermana; los dos sentados en un banco cerca de unos árboles del barrio. Nos lamíamos las heridas como perros, sabiendo que lo que viniera lo íbamos a enfrentar juntos. Ese abrazo, para nosotros, traía implícito un pacto.

Lo que sí era una certeza y tenía muy mal a mamá por esos días era que a papá lo había estafado el socio. En verdad, lo venían defraudando hacía mucho tiempo, pero el viejo era un gran negador que nunca pudo enfrentarse al costo emocional de haber sido estafado por su gente de confianza. Pero esta vez era 2001 y el país atravesaba una de las peores crisis económicas de su historia. Papá ya no era un pibe; tenía sesenta y nueve años. No se pudo levantar más.

Parque. El autor y su hermana, con el padre, en un día de paseo.

Parque. El autor y su hermana, con el padre, en un día de paseo.

Él era un prestigioso empresario frutihortícola, muy respetado por su trayectoria, su honestidad y su espíritu generoso. Hijo de un panadero español y una ama de casa argentina, tuvo que salir a trabajar desde los doce años cuando su padre quedó postrado por unas úlceras en el estómago.

Con apenas sexto grado, comenzó cebando mates en el Mercado Central. Logró destacarse por más de cuarenta años -ya no cebando mate- como empresario en el rubro y obtener el reconocimiento de sus colegas a fuerza de voluntad e inteligencia para salir adelante en un país en el que aún había oportunidades.

Recuerdo que algunos sábados por la mañana papá preparaba las bicis en el garaje de casa para salir a pedalear. Un poco de aire en las ruedas, grasa en la cadena y una prueba para ver cómo funcionaban los frenos le alcanzaba. Yo tenía que estirar bien las puntas de los pies para no caerme. Él, a pesar de su edad, mantenía un estado atlético que muchos le preguntaban cómo lograba.

Para salir del country El Carmen en Berazategui, donde vivíamos, teníamos que atravesar un sendero de unos dos kilómetros de asfalto hasta la garita de seguridad. Pero antes había que convencer a mamá que, por el riesgo, ponía ciertos reparos.

El fútbol era otra de las cosas con las que papá podía irritar a mamá. Sobre todo aquellos días que no tenía manera de hacernos faltar a la cancha de Independiente: los que jugábamos contra Racing. Ahí también salía, de boca de mamá, pero repetida, la palabra riesgo. El viejo, que era fanático, me había hecho socio de chiquito. Él lo era desde hacía más de cincuenta años y el club se lo reconocía con un carnet con la leyenda “Bodas de Oro”.

En verano me gustaba acompañarlo al trabajo. Primero un día, después dos seguidos. Al segundo verano ya lo acompañaba cuatro de cada cinco días, y solamente porque mamá reclamaba el siguiente para ella y mi hermana. El Mercado Central era un lugar hostil, o por lo menos contrastaba con los escenarios en los que solía moverme en mi adolescencia, el country, con todas sus comodidades y extravagancias. Sin embargo, me sentía bien en el Mercado. Lo encontraba igualador y despojado de ese rictus pretencioso de algunos vecinos.

Lo que más recuerdo de esas jornadas de “trabajo” entre bolsas de papa apiladas en galpones llenos de tierra eran los almuerzos con los peones. Papá me daba plata para comprar comida y yo volvía con “sánguches” de milanesa, papas fritas y gaseosas. Compartía todo con ellos entre gastadas por ser de tal o cual club y otras cosas de las que se reían pero que yo, todavía, no comprendía. En esos días aprendí que todos éramos iguales. Que la plata no hace mejor o más importante a las personas.

El derrumbe económico que desclasó a mi familia trajo aparejado algo más grave: el deterioro de la salud de mis viejos, de su matrimonio y de todo tipo de certeza en cuanto a seguir un rumbo. Papá, de todos modos, apostó hasta el último minuto a su trabajo, a sostener su reputación y su buen nombre.

La crisis para mí implicó cambiar tres veces de colegio en tres años, irme del country donde había construido grandes amistades y experimentar una serie de mudanzas forzadas. Primero sólo con papá a un cuartito que le alquiló una señora en Berazategui. Habíamos intentado en una pensión, pero salía más cara. No teníamos más que un colchón, una mesa y dos o tres sillas. Me acuerdo que era la época del Mundial de Corea y Japón, en el que nos volvimos en primera ronda por los caprichos de Bielsa después de ganarle a Nigeria, perder con Inglaterra y empatar con Suecia, cuestiones que encajaban perfectamente con nuestra situación. El fútbol era una de las grandes pasiones que me había transmitido mi viejo, y por supuesto que los domingos de platea para ver al Rojo en Avellaneda ya no eran posibles.

El 2003 lo empecé viviendo con mamá en un departamento que alquilaba en Recoleta con la plata que le había pagado el seguro por “el accidente”. Después de varias operaciones de columna y una larga rehabilitación tanto psicológica como física, mamá empezaba a darse otra oportunidad. Primero, reconciliándose con papá; luego, volviendo a vivir juntos. El proyecto personal venía acompañado del último intento de rearmar la economía familiar.

Con la poca plata que papá no había llegado a poner para salvar su empresa y que recuperó al tiempo, compraron un puesto de diarios en avenida Santa Fe y Larrea. Ninguno de nosotros lo hubiese imaginado, pero duró tan solo un año y medio. Ellos ya no estaban para poner el cuerpo y todo terminó en una mala administración que los hizo replantearse las prioridades: o vendían el puesto de diarios o dejaban pasar la última chance de asegurarse un techo. Sí, de tenerlo todo a quedarse con casi nada.

Tras una corta experiencia como canillitas, mis papás compraron una casa en Villa Caraza, Lanús. Había que reconfigurarse, reconstruirse, pero sobre todo encontrar un punto de partida, un nuevo suelo en el cual hacer pie. Mamá empezó a hacer changas como pedicura, que de changas pasaron a ser la entrada de la casa. Fueron varios así. El viejo, ya con setenta y seis años, cobraba la jubilación mínima.

A partir de ese momento empecé a trabajar en un puesto en el Mercado de Avellaneda. Mi cargo implicaba atender al público y barrer constantemente los pisos. Otra vez estaba a la par con los peones, pero ya no era el hijo del patrón. Ahora sí lo veía como un mundo marginal, conformado principalmente por los corridos del sistema y por mí.

Pisar el barro, hacer catarsis y encontrar el norte no fue fácil. La primera soga para salir del pantano llegó con la literatura. Un trabajo en una librería en Recoleta y el reencuentro con los libros que tanto me habían acompañado de chico fueron las primeras estrellas de un cielo que había estado encapotado por mucho tiempo. Vivía un desclasamiento que me obligaba a reencontrarme, a hacerme miles de preguntas para poder avanzar.

Tiempo más tarde inicié la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires (UBA) pensando en ser periodista. No obstante, por mi propia experiencia y una conducta repetitiva, no lograba sostener los proyectos a largo plazo. No tenía un plan. ¿Acaso alguien puede tenerlo?

Mi hermana se había independizado de la familia a sus dieciocho años. Yo, mientras tanto, seguía viviendo en Lanús, entre mates con mi viejo y la acetona de los quitaesmaltes de mamá, que estaban por toda la casa, aferrada a las paredes. Los años turbulentos empezaban a quedar atrás y, si bien no teníamos un rumbo fijo, habíamos conseguido cierta estabilidad. Hubo tiempos más bellos, pero como dijo alguna vez Sartre, este era el nuestro y no lo queríamos malgastar. Sin embargo, eso fue lo que faltó. Tiempo. Para disfrutarlos. A ellos, a mi abuelo, que en 2006 murió de una rara enfermedad en la sangre una semana después de terminar de edificar, con la plata que le había pagado el Estado tras un juicio de más de diez años, su casa junto a mi abuela.  Y también a papá, que dos años más tarde, derrotado pero en paz, murió de un aneurisma en el estómago.

Otra vez sonaba el teléfono y nos volvía a reunir a mi hermana y a mí. En esta ocasión, en la puerta de la clínica modelo de Lanús. Horas más tarde, vimos cómo sacaban en camilla a papá de una ambulancia.

El tiempo se le salía del cuerpo a mi faro, a mi maestro de la vida y al ser más noble y generoso que conocí. El médico a cargo nos dio a elegir entre una operación con grandísimas chances de que papá no la superara, e incluso la sufriera, o dejarlo ir sin el manoseo que implicaba una cirugía. Decidimos conscientes de lo pleno que había vivido casi toda la vida. Era su hora de descansar.

Hoy, ya recibido de periodista, escribo en un diario especializado en economía, cosa que nunca hubiese imaginado. Él tal vez sí. Mucho se lo debo a mamá, a su resiliencia y a su resurrección. También al pacto que sellé en aquel abrazo que nos dimos con mi hermana, muchos años atrás y que nos permitió resurgir de las cenizas.

Atravesar este camino me enseñó a ser humilde y valiente, a esforzarme y a darme cuenta que nuestro verdadero capital siempre fue la familia.

Además de su recuerdo para siempre, me quedaron muchas cosas pendientes con papá: que me vea hoy armando mi propia familia y habiendo superado viejas heridas. Me encantaría tenerlo aunque sea un día, contarle que con Pili, mi compañera de vida, nos compramos con mucho esfuerzo y con un crédito hipotecario nuestra propia casa. Llevarlo a la cancha de Independiente, ese club al que tanto amó. Que leyera las notas que hoy escribo en los diarios que él solía leer. Por qué no, también, comprarle una bici, levantarnos temprano, prepararlas, salir a la ruta y detenernos en algún lugar tranquilo, abrazarlo y decirle gracias.
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Daniel Blanco Gómez es librero y periodista especializado en economía y política. Voraz lector, nació en el sur bonaerense y es hincha del Rey de Copas. Una vez leyó la frase del poeta Cesare Pavese “la literatura es una defensa contra las ofensas de la vida” y la convirtió en religión. Admirador de Hemingway, soñó que lo encontraba en París -como en la película de Woody Allen- y compartía una cerveza “en un café limpio y bien iluminado”. Para los días venideros tiene planeado seguir haciendo las cosas que lo hacen feliz: disfrutar de su familia; ampliarla con Pilar, el amor de su vida; pasar tiempo con sus amigos y sus dos perros y escribir una novela.

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